Pan y azúcar, andamos de dos en dos

 

El Quijote veía gigantes en sus andanzas manchegas y eran molinos. Yo, en estas mismas tierras, donde acaban de cortar el trigo, imagino plantaciones de cañas de azúcar recién cosechadas. Alucinaciones compartidas.

Pareciera que las infinitas llanuras manchegas provocan brotes de espejismos, fantasmas y apariciones, similar síndrome de los que hemos crecido rodeados de cañaverales, allende el océano.

Aquí trigo, harina y pan. Allá caña de azúcar, aguardiente y ron.

Es espléndido, es bello, contemplar los campos segados, tanto de trigo como de la caña, con ese color amarillento que asumen después de la cosecha. Disfrutarlo es muy breve, porque pronto el hombre moldeará esas tierras para plantar semillas nuevas. Aparecerán las lluvias, los brotes verdes. Crecerá el trigo, se empinará la caña de azúcar y se repetirá infinitamente el ciclo. Primero todo verde, muy verde y finalmente volverá ese manto homogéneo de un tenue amarillo.

Tanto tenemos en común en nuestros campos, tanto en nuestras culturas. Lo resume el Poeta Nacional de Cuba, Nicolás Guillén en su “Songoro Cosongo”

En esta tierra, mulata
de africano y español,
(Santa Bárbara de un lado,
del otro lado, Changó),
siempre falta algún abuelo,
cuando no sobra algún Don
y hay títulos de Castilla
con parientes en Bondó:
vale más callarse, amigos,
y no menear la cuestión,
porque venimos de lejos,
y andamos de dos en dos.

 

 

 

SOLIDARIDAD CON LOS CARIBEÑOS Y LOS NORTEAMERICANOS

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flora

A modo de solidaridad con todos los caribeños y norteamericanos que en estos días están sufriendo el azote de dos grandes huracanes os dejo este testimonio que escribí sobre el ciclón Flora. Es casi igual al que presenté en un concurso de micro relatos que tuvo lugar en mi empresa, AvantCard, en Madrid y que generosamente fue premiado. Solo he suprimido algunos párrafos para hacerlo más breve todavía.
Han pasado más de cuarenta años de estos hechos, algunas cosas ya me resultan imprecisas,  pero esto es lo que guardo en mi memoria sobre mi primera experiencia de un huracán. Transcurrían tiempos muy difíciles sobre todo para los sectores más vulnerables de la población. No se habían desarrollados planes de embalse de los grandes ríos que surcan el oriente de la Isla, como los que con posterioridad fueron construidos. La situación política en general era difícil porque un nuevo sistema político empezaba a surgir mientras el anterior se resistía. Así era el contexto cuando llegó el ciclón Flora, uno de los huracanas más dañinos que ha sufrido la isla hasta ahora.

                                            Breve testimonio sobre el huracán Flora
Martes, 1 de octubre de 1963. Cuando estábamos en el aula, Alicia, la maestra, nos dijo que estuviéramos atentos porque un ciclón se había formado en el Caribe Oriental y podía ser una amenaza para la provincia. No era la primera vez que oíamos este tipo de advertencia. Nuestra reacción no podía ser otra que la ilusión por tener un día más de libertad para correr por el campo, bañarnos en el aguacero y atrapar algún pájaro con las alas mojadas. Así había sido siempre.
Miércoles. Volvimos al colegio, aunque para nosotros el ambiente ya era de fiesta, apenas atendíamos a la maestra, nos susurrábamos a los oídos sobre los planes si entraba la tormenta.
Jueves. A primera hora, cuando empezó a bailar el despertador encima de la mesa de cedro del cabecero de la cama, mi madre se presentó en la habitación para confirmarlo: – “Hijos, hoy no hay escuela por la llegada del ciclón”. A las seis de la tarde empezó a arreciar una brisa un poco extraña, pero no llovía. Mi padre se puso al lado del viejo Philips de válvula a escuchar las noticias. Oscureció antes de lo habitual y ya se veían unos nubarrones oscuros hacia el Este. Mi madre se extrañaba porque los animales de corral tenían un comportamiento extraño, se mostraban nerviosos. Sobre las ocho, era totalmente de noche, mi padre salió y se dirigió a la casa de Mario Soler. Nos separaban de ella unos ochocientos metros, estaba ubicada en una elevación natural del terreno y era la única construcción de ladrillos y cemento de la zona. La nuestra, como casi todas de los alrededores, era de paredes y techo de madera y algunas partes con la cubierta de zinc, sobre todo, en el soportal que la rodeaba. Era el típico estilo de fabricación que trajeron a principio de siglo los norteamericanos, dueños de muchas fábricas azucareras. Sobre las nueve de la noche, comenzaron unas ráfagas de viento a intervalos que estremecían con violencia los frutales: árboles de mango, aguacate, papaya, guayaba, limoneros. Empezaron a caer las plataneras que mi padre cuidaba con tanto esmero. Las caras de toda la familia delataban la creciente preocupación. “Si esto sigue así – dijo mi padre- a primera hora nos vamos para la casa de los Soler, es más segura para resistir el viento y está más alta, en caso de que se produzcan inundaciones”.
Nos fuimos a la cama, pero el ruido del aire contra las paredes, el silbido del viento entrando por cualquier hueco de puertas y paredes y el choque de trozos de zinc, ramas de árboles, macetas y diversos trastos que flotaban en el aire y se impactaban contra la casa, no permitían pegar ojo a nadie. Mi padre no esperó más, pasadas las once, envueltos en mantas, agarrados de las manos y soportando las primeras lloviznas con fuerza de balas, salvamos la distancia hasta nuestro “refugio”.
Viernes. Al amanecer, el intenso viento era sostenido y la lluvia no cesaba, no paró durante todo el día. Al anochecer empezaron a faltar alimentos, se había agotado todo, el pan, el arroz, la manteca de cerdo. Las noticias eran inquietantes, el ciclón había entrado por las proximidades de la ciudad de Guantánamo, extremo Este de la isla y avanzaba por los territorios holguineros. El ojo del huracán se ubicaba a unos doscientos kilómetros.
Sábado. Lo que veíamos en los alrededores era un mar de aguas sucias que arrastraban a su paso plantas y animales ahogados. La casa de la familia Soler, además de estar en una suave colina, descansaba sobre pilotes de hormigón que permitían el paso incesante de grandes corrientes de agua por debajo, como si fuera un puente. Para buscar suministros los hombres salieron agarrados a una cuerda para auxiliarse si la corriente los arrastraba. A las dos o tres horas regresaron con una ternera descuartizada en piezas que sería nuestro alimento durante los siguientes días. Mi madre nos mantenía casi todo el tiempo a mi hermano y a mí en la habitación que ocupábamos. Ella a ratos se lamentaba de haber olvidado muchas cosas para la contingencia, pero no le faltó la efigie de la Virgen de la Caridad, hecha de yeso, de unos cuarenta centímetros, ante la que rezaba y pedía que nos salvara.
Domingo. De repente, al mediodía, dejó de soplar el viento y el aguacero se redujo a una ligera llovizna, mientras tímidamente se asomaba el sol. Mis padres aprovecharon la tregua para ir a investigar qué había sido de nuestra casa y de las pertenencias. Regresaron cabizbajos y visiblemente conmocionados, pero no hicieron comentarios, apenas tuvieron tiempo. De nuevo empezó a oscurecerse todo, aumentaron las ráfagas de viento, arreció la lluvia y se desencadenó una tormenta de rayos que retumbaban como bombas. Hasta ese día creíamos que durante los ciclones no se producían truenos. Vuelta atrás a las pocas esperanzas de que acabara aquella pesadilla. Toda la noche del domingo lloviendo y el viento batiendo con tal fuerza que ponía a las palmas reales inclinadas, como si el viento intentara despojarlas de su altivez y belleza. El verdor de los campos de caña de azúcar daba paso a grandes espejos del agua estancada.
Lunes. Más noticias en la radio. El vértice del huracán nos había pasado por encima el día anterior, ese era el motivo de la breve tregua del domingo. Pero lo insólito ocurría ahora. La tormenta había salida al mar por la bahía de Manzanillo y después había penetrado nuevamente en la tierra por la ciudad de Santa Cruz, la misma que había sido víctima, tres décadas atrás, de “una ola gigante del mar” que causó tres mil muertos, cuando aún a este fenómeno, al menos en Cuba, no se le conocía como Tsumani. Ahora el  Flora, nombre que se había dado a este ciclón, pasaba una segunda vez por aquella sufrida zona, describiendo un lazo, una trayectoria sin precedentes en tipo de fenómeno meteorológico. En su errático camino por Cuba dejó mil doscientos muertos, diez mil viviendas destruidas y ciento ochenta mil personas evacuadas. Cien mil personas lo perdieron todo. El desastre más grande se debió al desbordamiento de grandes ríos, el que más, el Cauto, que baña grandes llanuras del oriente cubano. Las autoridades llegaron a decir que la imagen de su cauce crecido desde el aire, parecía un océano marrón del ancho de la desembocadura del Amazonas.
Martes 8 de Octubre de 1963. El huracán se internó definitivamente en el mar por la costa Norte. Regresamos a nuestra casa. Las imágenes eran dantescas: Aves, cerdos, algunos caballos y vacas yacían por todos lados hinchados y empezaban a descomponerse. La puntilla fue la muerte del perro más cariñoso que nunca más tuvimos. Compañero de juegos y aventuras que nos lamía y miraba con tal ternura que sus ojos quedaron en mi retina como mensaje sublime de lealtad y nobleza.

 

A la vera de Cervantes, Felipe Alarcón enamora La Mancha

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De niño, con mucha curiosidad contemplaba el mar muy azul de su entrañable Casablanca y el arco iris de colores vivos de los parajes rurales donde jugueteaba en Loma de Tierra, en las afueras de La Habana. Qué otros mundos existirían más allá de aquel horizonte y cómo llegar a ellos, se preguntaba. Muy pronto, como estudiante en la Academia Nacional de Bellas Artes de la Isla comprendió que serían el pincel, la tinta y la acuarela quienes le llevarían a descubrir los mundos lejanos que imaginaba.

Su interés por la obra de Cervantes comenzó muy temprano, en su etapa como estudiante, época en que llenaba sus cuadernos con dibujos de El Quijote y Dulcinea. Lo que Felipe Alarcón no imaginaba era que algunas décadas después, allende los mares, iba a desplegar una obra artística potente e internacionalmente reconocida sobre la obra del más célebre escritor de la lengua castellana. A golpe de esfuerzo, superando los rigores tanto emocionales como materiales de la mayoría de emigrantes, ha logrado en España un sitial de honor en el homenaje que rinde la cultura universal a la obra del Manco de Lepanto.

A su distinción como “Hombre de la Mancha 2016”, suma ahora el reconocimiento como “Molinero Universal 2017”, de la Asociación de Amigos de los Molinos en el marco de las fiestas patronales del ayuntamiento de Mota del Cuervo, que se celebran en estos días. Y es que en los últimos tiempos la obra de Alarcón ha llegado a un nivel de madurez muy importante y sus series dedicadas al tema cervantino han calado muy hondo en los principales escenarios manchegos del celebrado autor de El Quijote. Sus muestras y exposiciones han sido acogidas en ciudades y pueblos tan emblemáticos del mundo cervantino de La Mancha como El Toboso, Mota del Cuervo, Quintanar de la Orden y Esquivias, entre otros.

Son conocidas sus series temáticas Sueños cervantinos, ADN Cervantes y la más reciente y probablemente la más elaborada e impactante Visiones del Persiles, basada en la novela póstuma de Cervantes “Los trabajos de Persiles y Sigismunda.

ATOCHA, LA RAMBLA Y LA HABANA…..HUELLAS DE LA SINRAZON

RamblaLos actos bárbaros de fanatismo terrorista ocurridos en Cataluña me provocan una asociación inevitable con hechos similares, tal vez por la proximidad afectiva que tengo con estos lugares. Recuerdo con nitidez el derribo de un avión de la línea aérea cubana provocado por bombas asesinas, el 6 de octubre de 1976, en el que perecieron 73 personas inocentes, entre ellas, el equipo nacional juvenil de esgrima en su viaje de regreso a Cuba, después de haber ganado todas las medallas de oro en el Campeonato Centroamericano y del Caribe. Guardo la imagen de aquel millón de personas que se congregó en la Plaza de Revolución de La Habana en absoluto silencio, en memoria de las víctimas.

Otro momento de conmoción fue el 11 de marzo de 2004 en Madrid, cuando explotaron bombas en cuatro trenes de Cercanías, ocasionando la muerte a casi 200 personas y alrededor de dos mil heridos. Ahora, ha correspondido a Cataluña este  17 de Agosto, con el doble atentado de Barcelona y Cambrils, que ya suman 14 fallecidos y más de 100 heridos.

Atocha, en Madrid; La Rambla, en Barcelona y la Plaza de la Revolución en La Habana, conservarán para siempre en nuestra memoria colectiva la imagen del terrorismo como expresión de lo más retorcido, desalmado, cruel y aberrante del fanatismo humano.

Desgraciadamente no son solo éstos los puntos rojos que marcan en el mapa mundial  la herida de esta perversidad, no podremos borrar las imágenes de atentados como los perpetuados en Las Torres Gemelas de Nueva York, Londres, París, Niza y tantos otros que va siendo difícil enumerar sin cometer olvidos.

Justicia, firmeza, paz, convivencia  y castigo, no hay otra cura.

 

CUBA: DOLORES DE PARTO

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Acabo de regresar de Cuba. Digo esto y me parece irreal. Yo nunca me he ido de allí. Vivo en Madrid, sin haber salido nunca de La Habana. Cosas de la imaginación.
Vengo con la sensación de que me estoy perdiendo la otra Revolución. Esta vez no vienen de la Sierra Maestra jóvenes barbudos un día de la Santa Ana, ni cientos de miles de estudiantes salen hacia los campos a realizar una alfabetización masiva, tampoco hay milicianos combatiendo una intervención militar del extranjero; esta vez son las nuevas generaciones, inspiradas en aquel espíritu transformador que se proponen rectificar errores para alcanzar las cumbres fundacionales y originarias. El movimiento de cambio es lento, pero empieza a notarse y si de un embarazo se tratara, estaríamos en lo que se conoce en el lenguaje médico como contracciones Braxton-Hicks o “dolores correos”, que anuncian la proximidad del parto.

Lo impresionante es que todo transcurre en el subsuelo y menos en la superestructura política y cultural del país. La gente empieza cada vez más a sentirse responsable de su propio destino, ya no espera que le llegue el maná del Estado. Cuba empieza a ser un hervidero de gente comprando y vendiendo, de gente pensando como salir adelante. Restaurantes privados, vendedores ambulantes, pregoneros, cooperativistas, prestadores privados de servicios básicos, esa es la estampa más visible que hace recordar a nuestro José Martí cuando dijo en “Nuestra América”, en fecha tan lejana como el 1878: “Es rica una nación que cuenta con muchos pequeños propietarios”.

Un esfuerzo titánico requerirá la mejora de todas las infractoras que están, en su mayoría, en estado lamentable, tales como ocurre con la red de carreteras, ferrocarriles, alcantarillado, calles de las ciudades, servicios hospitalarios, transporte público. A estos problemas materiales hay que sumarle el discurso monótono, machacón, complaciente y poco atractivo que sigue prevaleciendo en los medios de prensa. No están a la altura de lo nuevo, siguen anclados en el tiempo y son incapaces de hacer el verdadero relato de lo que está ocurriendo. Ojala en el anunciado próximo congreso de los periodistas se impongan las voces que ya retumban por una prensa más abierta, crítica, moderna y competitiva.

Son las propias instituciones cubanas, sus intelectuales, sus profesionales las únicas fuerzas con autoridad ante el pueblo para encarrilar la vida económica y política del país y realizar los cambios requeridos. Tienen que apartarse de una vez algunos dirigentes que jugaron un papel en el pasado, pero que ya no son capaces de interpretar a fondo la nueva revolución que está en marcha. Que nadie sueñe con supuestos opositores internos al sistema capaces de ejercer realmente un papel en el momento actual de Cuba. Muchos de esos pequeños grupos, casi invisibles, han hecho de esa “profesión” su modo particular de subsistencia a cambio de limosnas que reciben desde el extranjero y eso lo sabe muy bien la población y no lo perdona.

Raúl Castro está liderando su más importante batalla. Contra el tiempo, contra su propio tiempo, impulsa los cambios que pueden conducir a la modernización del país y dar pie para que las nuevas generaciones conserven las conquistas sociales alcanzadas y construyan un país prospero, moderno y sostenible. El tiempo es oro y es el tiempo de impulsar las reformas. Cuba tiene que acelerar o de lo contrario perderá esta gran oportunidad histórica que tiene delante.

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El cubano que quiere más una bandera extranjera

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El 1 de mayo, en La Habana, rompiendo el cordón de seguridad de la cabecera de la manifestación central por la fecha, un hombre desplegó una bandera de los Estados Unidos e intentó marchar con ella frente a los participantes. Fue todo un símbolo, alguien que quiere que otro Estado domine el suyo. Muy simplón. Lo paradójico es que detrás de la cabecera del desfile, miles y miles de otros cubanos portaban carteles con ideas totalmente opuestas.

Así es el comportamiento de estos “opositores” al castrismo que ya tienen un sitial asegurado en los medios de difusión, principalmente de Miami. ¿Pensarán que con esas acciones podrán derrotar a Raúl Castro? Vaya broma. Si van por ahí, como siguen haciendo aún después de todo el proceso de relativa normalización de relaciones entre ambos países, están derrotados antes de empezar. Esto explica el por qué estas personas y algunos pequeños grupos que dicen ser la oposición al sistema no tienen ningún arraigo en la población. Solo son visibles, sobre todo para los medios de prensa de Miami,  cuando las fuerzas de seguridad, actuando con bastante torpeza se prestan para convertirlos en noticia. Por ejemplo, las llamadas  Damas de Blanco, un puñado de señoras que de vez en cuando reciben su cheque o algún viajecillo al extranjero de una mano oculta que quiere mantener vivo este juego.

Las autoridades saben perfectamente que estos individuos no son ningún peligro. El peligro para el sistema no son unos cuantos descerebrados que sin pudor coquetean con representantes de Estados Unidos para buscar fama y con ello algunos fondos que ese gobierno dispone para tales fines. Esa gente no tiene ninguna perspectiva en la gran masa del pueblo cubano. El peligro para el sistema proviene de la prolongación de las carencias materiales, de la lentitud en la aplicación de mediadas que dinamicen la economía doméstica y particularmente de la necesidad de ilusionar a los jóvenes con un proyecto que les despierte el sano y humano deseo de prosperidad y bienestar sin tener que recurrir a la emigración para alcanzarlo.

Es la segunda vez que Daniel Llorente llama la atención a los medios de prensa internacional exhibiendo provocativamente la bandera americana, la primera fue con casación del arribo del crucero Adonia, procedente de los Estados Unidos, hace un año. Si lo que quiere Llorente es ganar simpatizantes en aquella plaza y no en la prensa de Miami, mejor es que grite a los cuatro vientos: no seremos nunca una estrella más de esta bandera y acto seguido, la queme. Aunque yo, por respeto al pueblo americano, me buscaría otro símbolo, que por desgracia no son escasos: La Enmienda Platt, la foto del marine borracho encaramado en la estatua de nuestro José Martí, en fin, hay muchos y él lo sabe.

 

Campo Florido y el viaje de mi vida

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Guardo en mi memoria, como recuerdo imperecedero, el bamboleo de los vagones, el crujir de las ruedas de acero sobre los rieles, la somnolencia contemplando los verdes campos de caña, las palmas reales, los cocoteros, las casas de campesinos con techos de zinc y guano, hombres a caballo con sombreros de yarey trasladándose de un lado para otro, en fin, todo el mundo rural cubano. Aunque la escena se repetía cada año, desde que estudiaba en La Habana, era el viaje de mi vida. Con él soñaba y con el pensamiento puesto en él, resistía los avatares de la beca, la añoranza y la melancolía. Más que los exámenes finales, lo que teníamos en la cabeza era la fecha de fin de curso. Al amanecer de ese mágico día llegarían los autobuses a la plazoleta frente al Instituto para trasladarnos hacia la estación de ferrocarril de La Habana Vieja y comenzar el recorrido hacia el Este, surcando la Isla casi entera, camino de retorno a nuestras casas, al encuentro con nuestras familias.

El año 1966 se presentaba muy agitado.  Algunos recodaban el inicio de la década, cuando estuvimos a punto de ser el centro de una guerra nuclear. Los periódicos reflejaban  sabotajes e intentos de atentados casi a diario. En marzo, grupos armados presumiblemente provenientes de Florida, hunden el pesquero cubano Lambda 17, en pleno estrecho de Yucatán. Ese mismo mes se produce un intento de secuestro de un avión cubano en el que murieron el piloto y un custodio, también roban una embarcación en la base náutica de Cubanacán, la cual  fue recogida por un guardacostas norteamericano a 78 millas de Matanzas. El colofón a todo este ambiente de inestabilidad y agresiones fue el asesinato del soldado cubano Luis Ramírez López,  del Batallón Fronterizo del ejército cubano, víctima de  disparos provenientes de la base naval norteamericana de Guantánamo.

Nuestra escuela tenía una particularidad muy especial. A la vez que estudiábamos, constituíamos una Unidad Militar para tiempo de guerra, lo que nos permitía hacer la mili mientras cursábamos el nivel medio superior para ingresar en carreras universitarias de la rama agrícola. De ahí que tuviéramos una estructura militar que regía todo el orden interno del centro. En la extensa área exterior había unos aparcamientos techados repletos de técnica militar que servía para impartir la preparación a los alumnos, además de ser el armamento propio de una unidad de artillería.

El viernes 27 de mayo, siguiendo la rutina de cada semana, formamos las compañías frente al pabellón central del Instituto a la espera de que el Jefe de la Sección Política se dirigiera a todos para valorar el resultado de la preparación combativa y dar la orden de salida del fin de semana. En el ambiente se respiraba algo extraño. El teniente, antes de dirigirse al atril para pronunciar su charla, conferenciaba con el director del Instituto. Felipe Lozano, mi compañero de escuadra, me golpeó ligeramente sobre el hombro y  llamándome por mi número en la lista militar, no por mi nombre, me dijo – “Oye 170, aquí hay gato encerrado”. Me encogí de hombros, resignado.  En efecto, el teniente fue lacónico y  se limitó a decir que no habría pase de fin de semana por la situación de amenaza que vivía el país e indicó que debíamos permanecer atentos en nuestras áreas de descanso. Sin más  ordenó -“¡Firmes!, ¡Rompan filas!”.

A las 22:30, cuando por la megafonía local se escuchaba  la corneta llamando a silencio, volvió Felipe a susurrarme, ya desde la litera de al lado – ¿No me crees, 170?… pues no te relajes muchos que vamos a tener jaleo en muy poco tiempo- y con una sonrisa burlona se echó a dormir. A duras penas también lo hice. Soñaba con mi último viaje de vacaciones en aquel tren que parecía rápido pero que no lo era, al extremo que le apodaban el lechero, por eso de que paraba en cada pueblo, por pequeño que fuera. Sin precisar bien la hora, pero ya siendo media noche, saltaron las sirenas de alarma general y, despedido como por un resorte, salté de las cama, me colgué el fusil en el hombro y  coloqué el casco de acero sobre mi cabeza. Llovía. No faltaron tropezones durante la carrera hacia los aparcamientos. Subimos a los camiones rusos ZIL -157, apodados   “pan duro”, por la dificultad que presentaban para conducirlos. Llevaban a remolque los cañones.

Con las primeras luces del día  la caravana se detuvo en  una extraordinaria arboleda y se dio la orden de descender de los vehículos y comenzar el emplazamiento de la artillería.  En medio de una llovizna persistente comenzamos, como topos, a cavar huecos con la profundidad adecuada para proteger los cañones. Se organizó la defensa del lugar repartiendo los horarios de guardia a cada uno. Al amanecer terminó la lluvia y ante nuestros ojos apareció aquel maravilloso paisaje de árboles frutales de mango, esplendorosos, todos muy verdes y muy altos. El día entero lo pasamos en la misma faena, con recesos para el desayuno, el almuerzo y la cena. Al oscurecer, de nuevo llovizna y la lucha por protegernos del agua y los insectos. Algunos se guarecieron en la parte de abajo de los propios camiones; otros pegados a los árboles hicimos tenderetes con las capas individuales de agua. Cada vez que la brisa aumentaba se movían las ramas y nos caían chorros de agua. También afectaba a los refugiados debajo de los camiones. No sabía qué era peor, si el agua que se filtraba por cualquier lugar o los malditos mosquitos que no cesaban de picar en medio de aquella circunstancia. Confirmé lo dicho en la clase de biología, estos bichos son hidrófugos. Otra vez la guardia nocturna, otra vez el sueño recurrente. Era como la continuidad del anterior. El viaje, el ruido, la monotonía del tren…pero en este se incorporaba el componente erótico. A mi lado viajaba una chica muy bella y sensual de un curso superior al mío. Sin esperarlo inclinó ligeramente su pierna para rozar la mía. La libido iba en aumento. Entonces moví mi pie sin disimulo  y toqué con suavidad el suyo. Nos miramos sin decir palabras, pero deseando mucho… Frente a mi, en la oscuridad, oigo de nuevo el susurro de Felipe, “Vamos 170, déjate de remolonear, que es la hora de tu guardia.

El domingo 29, charla política y lectura de un comunicado en el que se anunciaba la declaración del Estado de Alerta a todas las fuerzas armadas del país. El periódico del día anterior titulaba  a seis columnas “Si nos atacan, los combatiremos mientras nos quede un hombre o quede un pueblo en el mundo luchando con las Armas”.

Yo era el jefe de pieza, es decir, jefe de un cañón antitanque de 57 milímetros y su dotación de jóvenes artilleros. Revisé mi sector de fuego y los puntos de referencia para el tiro. Confirmé sobre el mapa que estaba justo en una elevación de Campo Florido. Miré a través de los prismáticos hacia el norte. Se divisaba la costa, el litoral verde/azul de la Habana. Las playas de Guanabo y Santa María, con sus arenales blancos y aguas cristalinas.  Eché mi imaginación a volar y visualicé un desembarco, portaaviones, lanchas repletas de soldados y ataques aéreos sobre nuestras cabezas. Un raro cosquilleo me subió del estómago a la garganta. En este clima guerrero pasamos varios días entre mosquitos, camiones y armas, preparando escenarios para diferentes contingencias, ejercitando una y otra vez la carga de los proyectiles y la corrección de los sectores de fuego.

– ¡Al fin, 170! Esto se acaba. Hemos ganado una guerra sin disparar una bala-  sentenció Felipe, ya en la fila para abordar los camuflados “panes duros”. Respiré hondo y comencé a recuperar  la esperanza de realizar nuevamente, en el verano, el viaje de mi vida. Una nueva estación incorporaría al itinerario, la de Campo Florido.

Marquesado con lágrimas esclavas

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Revisaba la prensa y de repente me salta a la vista un sugerente título  “Cubana gana batalla legal por el marquesado de Campo Florido”. Volví sobre el texto y la cabeza me daba vueltas y vueltas, no por la mención a un marquesado, al fin y al cabo aquí en España es cotidiano que la prensa se refiera  a la nobleza y a su repercusión en la vida política y cultural del país, lo que despertó mi curiosidad fueron las palabras “marquesado a una cubana” y “Campo Florido”.

Cuando confirmé que se trataba del lugar en La Habana del que guardo un recuerdo muy especial, se me hinchó el corazón y me sumergí  en mis recuerdos. En los próximos días publicaré en este blog  un micro relato de mi vivencia en ese maravillo y espléndido lugar.

Ahora,  una pequeña reflexión sobre el hecho del otorgamiento del título de marquesa a la Ilustrísima María Elena de Cárdenas y González, residente en Miami, empezando, desde luego, con el adecuado tratamiento protocolario.

La noticia dice que por sentencia de la Audiencia Provincial de Madrid del 1 de febrero de 2017, se declara el mejor derecho de doña María Elena de Cárdenas y González, frente a doña Alicia Alcocer Koplowitz, al título nobiliario de Marqués de Campo Florido.

No puedo disimular una media sonrisa de incredulidad y hasta de ignorancia.  Cómo es posible que a estas alturas se diriman en los tribunales españoles a quién pertenecen los títulos nobiliarios que en tiempo de la colonia otorgaban los reyes españoles a sus servidores leales en aquellas tierras que conquistaron a sangre y fuego.

Han pagado y pleiteado para ostentar y  presumir por el linaje y grandeza familiar. Aceptemos que puede ser lícito, pero al menos pidamos que  debajo del pergamino nobiliario pongan una nota que diga: Perdón por los daños y sufrimientos causados a esclavos y nativos en los cañaverales de los ingenios San José de Miraflores (La Chumba) y San Francisco, de Tivo Tivo.

La legislación española, que ha expresado su vocación de justicia universal, debería considerar, en estos casos, un capítulo en el que precisaran la indemnización por el daño moral y humano que aquellos distinguidos nobles hubiesen ocasionado a la población aborigen y sobre todo a los esclavos, que traídos de África, fueron explotados y humillados en aquellas lejanas tierras. Así los herederos reclamantes se llevarían el paquete completo.

Es una idea consecuente con  el movimiento de la sociedad civil caribeña, de intelectuales y profesionales, que ha reclamado reparaciones por el genocidio de sus nativos y por la esclavitud. También expuesta en julio de 2013, en la Cumbre de los líderes de la Comunidad del Caribe (CARICOM) en la que acordaron establecer comisiones de reparación en cada uno de los países miembros del bloque.

DEL DESTINO MANIFIESTO AL DESTINO INCIERTO

 

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Criminales y violadores, así calificaba Donald Trump a los inmigrantes mexicanos durante su campaña presidencial para justificar la construcción de un faraónico muro que obstaculice la entrada de inmigrantes indocumentados por la frontera sur de Estados Unidos.

La humillación a los mexicanos no es patrimonio solo de Trump, viene de lejos, hace dos siglos John Adams, que había gobernado al país decía que “…la gente de Kentucky está llena de ansias de empresa y aunque no es pobre, siente la misma avidez de saqueo que dominó a los romanos en sus mejores tiempos. México centellea ante nuestros ojos. Lo único que esperamos es ser dueños del mundo”.

Eran tiempos en que florecía en buena parte de la clase política de la Unión la tristemente célebre doctrina del Destino Manifiesto, según la cual los colonos estaban destinados a expandirse por todo aquel continente  “por las virtudes del pueblo  norteamericano y sus instituciones,  rehaciendo así el mundo a imagen de los Estados Unidos”. En este contexto fue como a través de la guerra  le arrebataron más de la mitad del territorio a México: Los estados de California, Nevada, Utah, Nuevo México y Texas y partes de Arizona, Colorado, Wyoming, Kansas y Oklahoma.

A Trump esta pesadilla histórica le ha parecido poco, ahora  se propone completar el muro fronterizo de más de tres mil kilómetros y exigirle a México que lo pague. Es como decir, te robé estas  tierras, las he vallado y además paga para que no puedas ni acercarte a ellas.

No hay ninguna explicación razonable ni convincente para esta provocadora medida, salvo un interés de humillación al más puro estilo de las películas de cowboy,  porque el saldo migratorio es negativo, salen más mexicanos de los que entran cada año a los Estados Unidos y los inmigrantes ilegales que permanecen en ese país, mayoritariamente, han entrado con visa por los aeropuertos y después se han quedado.

Para completar la afrenta, el nuevo presidente ha anunciado que renegociará el Tratado de Libre Comercio que mantiene con México y Canadá.

Se equivoca el showman  de televisión elegido Presidente, si piensa que con esta muralla va a impedir el tráfico de inmigrantes. Para evitarlo lo razonable sería dedicar los 10 mil millones de dólares de la obra, o tal vez mucho más, a políticas de desarrollo de sus vecinos del sur, para que no se vean obligados a jugarse la vida buscando mejores condiciones materiales. Hay muchas muertes en esa frontera e infinidad de familias separadas por esta división artificial de pueblos que fueron uno solo, incluyendo reservas indígenas y etnias originarias. Por alto y robusto que sea el muro, más grande será las fuerzas del hambre, la pobreza y el deseo de encuentro de millones de seres humanos.

No es solo una humillación al pueblo mexicano, lo es también a los centroamericanos y  a toda Latinoamérica.

A dos semanas de su elección, Trump se ha embroncado  con más de cuarenta países  y dice que “el mundo está mal”, pero que él lo va a arreglar. Estamos entrando en una  etapa histórica regida, tal vez, por una nueva doctrina, la del destino de lo incierto.

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Os dejo un enlace de un vídeo que ilustra la dramática realidad de la separación entre familias de ambos lados de la frontera.

 

 

LAS PROFECIAS DE LOS BABALAOS CUBANOS PARA ESTE AÑO

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“Me fui a Guanabacoa / a casa de un babalao / para que mirara mi casa / y a mí que estaba salao…” (Probablemente el cubano que lea esto siga tarareando la pegajosa y rítmica melodía)“Me cobraron uno cinco / yo solo pagué la mesa / los gallos, pato y paloma / no entraron en esa cuenta / Me empezaron a mirar / con siete pedazos de coco / que tiraban para arriba / y empezaban a saltar…”

Este un fragmento del  célebre son afro de Hermenegildo Cárdenas (La Habana 1910-1975) “Un Brujo en Guanabacoa” que de forma muy pintoresca y con humor describe el arraigo de las religiones africanas en la sociedad cubana.

El sincretismo de las religiones en Cuba es un hecho histórico cultural de dimensiones muy grandes en toda la vida espiritual de la Mayor de las Antillas, tal vez lo que más caracteriza la cultura popular del país.

A los negros esclavos, traídos de África por lo colonizadores durante siglos, no solo se les arrebataba su libertad, sino sus costumbres, cultura e ideologías, por lo que se veían obligados a rescatar de alguna forma sus tradiciones.

La fórmula ingeniosa que encontraron para burlar las prohibiciones fue asumir los nombres de los santos cristianos para referirse a sus propios dioses, de esa manera, cuando rezaban, los amos pensaban que sus esclavos se habían convertido al catolicismo. Por ejemplo a Changó llamaron Santa Bárbara; a Oshun,  la Virgen de la Caridad; a Yemayá, la Virgen de Regla; a San Lázaro, Babalú Ayé; al Santo Niño de Atocha, Eleguá.

Esta dramática realidad histórica explica el porqué en Cuba una parte importante de la población practica la Santería o Regla de Ocha, religión politeísta, de origen Yoruba del África Occidental, según la cual cada persona nace bajo la protección de un santo u orisha. A los sacerdote de estas creencias se les conoce como babalaos.

Siguiendo la tradición, cada año se hace publica la conocida como Letra del Año, que son las profecías de la Asociación Cultural Yoruba de Cuba, expuestas en una ceremonia a la que asisten numerosos y representativos babalaos cubanos y de otros países, así como los miembros del Consejo Cubano de Sacerdotes Mayores de Ifá.

Estas predicciones rigen la conducir de los seguidores durante el año.

Según la letra para 2017,  la divinidad que gobierne será Oggún (Dios del hierro), y la deidad acompañante será Yemayá (Virgen de Regla), en tanto la bandera será verde y azul.

 La Letra recomienda:

  • Ser muy organizados en todos los aspectos de la vida, para garantizar una mejor forma de vida
  • Hay que actuar con justeza y buena conducta para evitar bochornos, ya que esto conllevaría a reacciones adversas que afectarían las relaciones interpersonales
  • Debemos este año darnos un pargo a la cabeza previa consulta con sus padrinos
  • Evitar el consumo de estupefacientes y el exceso de ingestión de bebidas alcohólicas
  • Se recomienda vestir de blanco
  • Hay que acudir a los mayores, y respetarlos para tener siempre la bendición de los mismos, y de Olodumare
  • Cuidarse de enfermedades en las vías respiratorias, en el aparato digestivo, sistema cardiovascular, los pulmones, la vista, los riñones, la columna vertebral y las enfermedades de transmisión sexual
  • Debemos mantener la unidad, tanto familiar como religiosa
  • Hay que buscar la fuerza en la razón y no la razón por la fuerza
  • Se debe prestar esmerada atención a la posible proliferación de hechos de corrupción, robo y dilapidación de los erarios públicos
  • Prestar especial atención a los fenómenos climatológicos, que conlleven a pérdidas, tales como penetraciones del mar, sismos, lluvias, inundaciones, huracanes, etc.
  • Hay que incrementar la atención a la educación de los niños y los valores del género humano
  • No se deben ingerir comidas atrasadas y frutas arenosas con el fin de evitar problemas digestivos
  • Exige ser humildes y sencillos, evitar la soberbia, el genio y la mala forma para con los demás
  • Velar por la higiene en todos los órdenes
  • Incentivar los hábitos laborales, el sentido de pertenencia y el amor al trabajo en todos los sectores sociales
  • Incentivar los cambios económicos y socioculturales entre países
  • Comprometernos solo a aquello que seamos capaces de cumplimentar
  • Evitar delegar en otros lo que es nuestra responsabilidad realizar
  • La protección en áreas costeras evitando la contaminación por desechos y desperdicios que afectan el ecosistema y la salud de las personas
  • Insistir en la organización del trabajo y la familia, que nos permita alcanzar acuerdos, evitando la violencia

 Hay recomendaciones de todo y para todos. Y como decía un santero, aunque no crean, no estaría mal vestirse  de blanco algún día y colgar una banderita verde y azul, por si acaso.

Si os gusta la música cubana escuchen “Un Brujo en Guanabacoa”, por el gran sonero Abelardo Barroso.  https://www.youtube.com/watch?v=FXVjjUiDs4U