Mini historias

Caminata en San Silvestre 

invasion

El toque a la puerta interrumpió el armónico pedaleo de la vieja máquina Singer. Mi madre se acercó a la entrada y accionó el cerrojo. Frente a todos apareció una mujer que no conocíamos de nada, saludó con cara de susto y con pudor extrajo una carta de  su sujetador, la entregó y se marchó sin dar tiempo ni para preguntarle su nombre. Ella, burlando los controles de las tropas del ejército de Batista, nos traía un mensaje de nuestro hermano que estaba en el frente rebelde. Nos anunciaba  que muy pronto atacarían la ciudad, al igual que estaba ocurriendo a lo largo y ancho  de toda Cuba en los últimos meses de 1958.

Mi padre tenía la costumbre de escuchar sigilosamente cada noche los reportes de la emisora Radio Rebelde que trasmitía desde la Sierra Maestra, mientras nosotros, niños inquietos y asustadizos, oíamos con frecuencia a través de la pared de madera que separaba nuestra habitación de la suya. Así conocimos del desarrollo de batallas importantes, tomas de pueblos y cuarteles y de la marcha de las columnas guerrillas hacia las provincias occidentales, encabezadas por el Che Guevara y Camilo Cienfuegos.

Los días 28 y 29 de diciembre se produjeron duros combates en los alrededores de Santa Clara, entre el ejército y la columna guerrillera del Che que operaba en la parte central de la Isla desde mediados de Octubre y que ahora se proponía, con unos trescientos hombres escasamente armados, el asedio y la toma definitiva de esta ciudad, capital provincial del centro del país y punto clave de comunicación entre La Habana y el Oriente de la Isla.

Los combates más cruentos se desarrollaron en la Loma del Capiro, muy cerca del lugar en el que permanecía desde el día de Nochebuena  un tren blindado que habían mandado de La Habana para reforzar las tropas oficiales que se veían superadas por las fuerzas rebeldes  en la parte oriental de Cuba.

El tren lo integraban dos locomotoras y veintidós vagones llenos de soldados y abundante y moderno material de guerra.

En la noche del 29 la emisora rebelde anunciaba la rendición de las tropas gubernamentales después del descarrilamiento del tren blindado, con lo cual era inminente la victoria del los rebeldes sobre la ciudad capital provincial.

Al despertarnos el día 30, comenzó una actividad frenética en la casa. Mi madre recogía y empaquetaba sábanas, toallas, colchonetas y algunos víveres. Mi padre se ausentó en la mañana y regresó casi de noche con la noticia de que al día siguiente, el 31 de diciembre, nos marcharíamos.

Las Tunas estaba paralizada, el ejercito encerrado en el perímetro urbano en sus cuarteles y los campos totalmente ocupados por los rebeldes. No circulaba transporte alguno.

A primeras horas del día 31, la familia emprendió la marcha. Salimos de la ciudad, a pie,  por la Carretera Central, la vía más importante de comunicación del país y que en aquellos tiempos se encontraba vacía.  Nos acompañaba un caballo prestado que cargaba los enseres  y el abastecimiento.

Al pasar frente a la Capitanía del Ejército que estaba a la salida, una avioneta despegó del pequeño aeropuerto militar y nos sobrevoló rasante un par de veces,  pero sin ninguna otra consecuencia. Después llegó el cansancio y las quejas por las molestias en los pies. A veces nos echábamos sobre el asfalto de la carretera y dejábamos avanzar al caballo y a nuestros padres para después darles alcance. Mi madre, consciente de nuestro precario estado, con una media sonrisa decía “los niños no beben alcohol”, mientras nos servía un sorbito de vino de una botella que custodiaba como el mejor combustible. Su excusa la completaba con la expresión “como es San Silvestre, estamos en una caminata de cumpleaños”.

Cuando ya habíamos caminado muchos kilómetros, lejos de la ciudad, nos da el alto una patrulla de “alzados” que pregunta donde vamos y los motivos. Todos muy nerviosos terminamos confesando que pretendíamos reunirnos con nuestro hermano en la zona liberada por ellos. El que parecía ser el jefe hace que demos el nombre y acto seguido se comunica con sus superiores y nos manda a esperar.

Una media hora después se acerca un joven risueño, con barba y pelo largo y una escopeta al hombro. Ya, a unos pasos de nosotros, le identificamos, era  nuestro hermano. Mi madre lo abraza, al igual que todos y esa fue la primera y única vez que vi lágrimas en los ojos de mi padre.

En la madrugada, cuando dormíamos apretujados en una casa en medio del campo, nos despierta la algarabía de la familia de acogida con gritos de “¡Batista ha huido, se acabó la guerra!”

 

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No quise ver “Lo Imposible”

Llegué hasta la misma taquilla del cine, pero al contemplar el cartel que anunciaba la película española que narra la tragedia del Tsunami en el Océano Indico, experimenté una extraña sensación que me subía del estómago hacia arriba y me paralizaba.

– La veré otro día, me he indispuesto – se me ocurrió decir ante la mirada atónita de mi familia. Al día siguiente les conté este relato.

Martes, 1 de octubre de 1963. Cuando estábamos en el aula, Alicia, la maestra, nos dijo que estuviéramos atentos porque un ciclón se había formado en el Caribe Oriental y podía ser una amenaza para la provincia. No era la primera vez que oíamos este tipo de advertencia. Nuestra reacción  no podía ser otra que la ilusión por tener un día más de libertad para correr por el campo, bañarnos en el aguacero y atrapar algún pájaro con las alas mojadas. Así había sido siempre.

Miércoles. Volvimos al colegio, aunque para nosotros el ambiente ya era de fiesta, apenas atendíamos a la maestra, nos susurrábamos a los oídos sobre los planes si entraba la tormenta.

Jueves. A primera hora, cuando empezó a bailar el despertador encima de la mesa de cedro del cabecero de la cama, mi madre se presentó en la habitación para confirmarlo:

– Niños, hoy no hay escuela por la llegada  del ciclón….

A las seis de la tarde empezó a arreciar una brisa un poco extraña, pero no llovía. Mi padre se puso al lado del viejo Philips de válvula a escuchar las noticias. Oscureció antes de lo habitual y ya se veían unos nubarrones oscuros hacia el Este. Mi madre se extrañaba porque los animales de corral tenían un comportamiento extraño, se mostraban nerviosos. Sobre las ocho, era totalmente de noche, mi padre salió y se dirigió a la casa de Mario Soler. Nos separaban de ella unos ochocientos metros, estaba ubicada en una elevación natural del terreno y era la única construcción de ladrillos y cemento de la zona. La nuestra, como casi todas de los alrededores, era de paredes y techo de madera y algunas partes con la cubierta de zinc, sobre todo, en el soportal que la rodeaba. Era el típico estilo de fabricación que trajeron a principio de siglo los norteamericanos, dueños de muchas fábricas azucareras. Sobre las nueve de la noche, comenzaron unas ráfagas de viento a intervalos que estremecían con violencia los frutales: árboles de mango, aguacate,  papaya, guayaba, limoneros. Empezaron a caer las plataneras  que mi padre cuidaba con tanto esmero. Las caras de toda la familia delataban la creciente preocupación. “Si esto sigue así – dijo mi padre- a primera hora nos vamos para la casa de los Soler, es más segura para resistir el viento y está más alta, en caso de que se produzcan inundaciones”.

Nos fuimos a la cama, pero el ruido del aire contra las paredes, el silbido del viento entrando por cualquier hueco de puertas y paredes y  el choque de trozos de zinc, ramas de árboles, macetas y diversos trastos que flotaban en el aire y se impactaban contra la casa, no permitían pegar ojo a nadie. Mi padre no esperó más, pasadas las once, envueltos en mantas, agarrados de las manos y soportando las primeras lloviznas con fuerza de balas, salvamos la distancia hasta nuestro “refugio”.

Viernes. Al amanecer, el intenso viento era sostenido y la lluvia no cesaba, no paró durante todo el día. Al anochecer empezaron a faltar alimentos, se había agotado todo, el pan, el arroz, la manteca de cerdo. Las noticias eran inquietantes, el ciclón había entrado por las proximidades de la ciudad de Guantánamo, extremo Este de la isla y avanzaba por los territorios holguineros. El ojo del huracán se  ubicaba a unos doscientos kilómetros.

Sábado. Lo que veíamos en los alrededores  era un mar de aguas sucias que arrastraban a su paso plantas y animales ahogados. La casa de la familia Soler, además de estar en una suave colina, descansaba sobre pilotes de hormigón que permitían el paso incesante de grandes corrientes de agua por debajo, como si fuera un puente. Para buscar suministros los hombres salieron agarrados a una cuerda para auxiliarse si la corriente los arrastraba. A las dos o tres horas regresaron con una ternera descuartizada en piezas que sería nuestro alimento durante los siguientes días. Mi madre nos mantenía casi todo el tiempo a mi hermano y a mí en la habitación que ocupábamos. Ella a ratos se lamentaba de haber olvidado muchas cosas para la contingencia, pero no le faltó la efigie de la Virgen de la Caridad, hecha de yeso, de unos cuarenta centímetros, ante la que rezaba y pedía que nos salvara.

Domingo. De repente, al mediodía,  dejó de soplar el viento y el aguacero se redujo a una ligera llovizna, mientras tímidamente se asomaba el sol. Mis padres aprovecharon la tregua para ir a investigar qué había sido de nuestra casa y de las pertenencias. Regresaron cabizbajos y visiblemente conmocionados, pero no hicieron comentarios, apenas tuvieron tiempo. De nuevo empezó a oscurecerse todo, aumentaron las ráfagas de viento, arreció la lluvia y se desencadenó una tormenta de rayos que retumbaban como bombas. Hasta ese día creíamos que durante los ciclones no se producían truenos. Vuelta atrás a las pocas esperanzas de que acabara aquella pesadilla. Toda la noche del domingo lloviendo y el viento batiendo con tal fuerza que ponía a las palmas reales inclinadas, como si el viento intentara despojarlas de su altivez y belleza. El verdor de los campos de caña de azúcar daba paso a grandes espejos del agua estancada.

Lunes. Más noticias en la radio. El vértice del huracán nos había pasado por encima el día anterior, ese era el motivo de la breve tregua del domingo. Pero lo insólito ocurría ahora. La tormenta había salida al mar por la bahía de Manzanillo y después había penetrado nuevamente en la tierra por la ciudad de Santa Cruz, la misma que había sido víctima, tres décadas atrás, de  “una ola gigante del mar” que causó tres mil muertos, cuando aún a este fenómenos no se le conocía como Tsumani. Ahora “El Flora”, nombre que se había dado a este ciclón, pasaba una segunda vez por aquella sufrida zona, describiendo un lazo, una trayectoria sin precedentes en tipo de fenómeno meteorológico. En su errático camino por Cuba dejó mil doscientos muertos, diez mil viviendas destruidas y ciento ochenta mil personas evacuadas. Cien mil personas lo perdieron todo. El desastre más grande se debió al desbordamiento de grandes ríos, el que más, el Cauto, que baña grandes llanuras del oriente cubano.  Las autoridades llegaron a decir que la imagen de su cauce crecido desde el aire, parecía un océano marrón del ancho de la desembocadura del Amazonas.

Martes 8 de Octubre de 1963. El huracán se internó definitivamente en el mar por la costa Norte. Regresamos a nuestra casa. Las imágenes eran dantescas: Aves, cerdos, algunos caballos y vacas yacían por todos lados hinchados y empezaban a descomponerse. La puntilla fue la muerte de Nerón, el perro más cariñoso que nunca más tuvimos. Compañero de juegos y aventuras que nos lamía y miraba con tal ternura que sus ojos quedaron en mi retina como mensaje sublime de lealtad y amistad.

Con este relato mi familia comprendió cabalmente el por qué no entré al cine a ver  “Lo Imposible”. No quise remover la pesadilla de Nerón inerte, inflado como un globo ante mis ojos, sin poder hacer nada por recuperarlo.