Etiquetas

De izquierda a derecha, Gustavo Robreño, Lino Oramas, Silvestre Pérez, Jacinto Granda y Guillermo Cabrera.

Recientemente se han celebrados los cincuenta y cinco años del diario cubano Granma, que desde 1965 es el periódico más importante del país. Me parece buena ocasión para dejar constancia de los bonitos recuerdos de los años que trabajé allí en la década de los noventa. Esta crónica es un homenaje a mis compañeros de trabajo de entonces, a los que continúan y a los que desafortunadamente han dejado de estar entre nosotros. Empiezo por Jacinto Granda, director, al que recuerdo como hombre honesto, fiel, noble y generoso.  Gustavo Robreño, un gran periodista, con mucha experiencia en la información internacional. Guillermo Cabrera, muy buen profesional, entusiasta y sobre todo, excelente amigo. Yo era el más inexperto en el equipo de dirección, porque aunque era licenciado en periodismo, nunca había ejercido el oficio. En general fue una época en que ese colectivo reunía a muchos de los mejores periodistas del país, los mejores fotorreporteros, diseñadores y un estupendo staff de asistentes y trabajadores administrativos.

Transcurrían los acontecimientos del derrumbe del campo socialista en Europa con las conocidas consecuencias devastadoras para la economía de Cuba que dieron lugar al bautizado como período especial.

No se me olvidan las madrugadas interminables, soñoliento, esperando que Gabino trajera del taller las pruebas de páginas que salían para hacer las ultimas revisiones, las tertulias con los periodistas, jefes de redacciones o los visitantes, como ocurría casi a diario con Manuel Piñeiro, célebre comandante de la guerra insurreccional contra Batista y después fundador del Ministerio del Interior y cabeza visible de los contactos de Cuba con disímiles movimientos revolucionarios de América Latina. Para algunos, un diablo, para mí un hombre interesantísimo, sencillo, culto y muy cercano. Y como no, la visita que nos hizo Fidel Castro una noche de febrero de 1993 cuando nos disponíamos a publicar las biografías de los candidatos a diputados a la Asamblea Nacional (Parlamento), de la IV Legislatura. Tendré siempre en mente aquella conversación en la oficina de la dirección entre Fidel, sus acompañantes y los que estábamos preparando la edición. Hasta ese momento pensaba que Fidel hablaba alto, como lo hacía en sus interminables discursos en la radio y la televisión, pero aquel día vi un Fidel hablando casi en murmullo, lo que obligaba a estar muy atentos para escucharlo.  Se interesó por el contenido de las biografías de los candidatos y la ubicación que tendrían en el periódico.

La vida de una redacción es la mejor universidad de periodismo que existe.

Fueron años duros, muy duros en todos los sentidos. La crisis económica obligó a cambiar el formato del periódico, reducir al mínimo su tamaño e incluso en algún momento a disminuir los días en que salía. No había dinero para comprar papel en el extranjero y se optó por utilizar el papel que se producía nacionalmente a partir del bagazo de la caña de azúcar. Amarillento, feo y con gramaje impropio.  

Los corresponsales de las provincias muchas veces tenían que utilizar los autobuses de línea o vuelos comerciales para enviar sus materiales gráficos a La Habana, eran tiempos en que ni soñábamos con internet. Recuerdo que, en alguna fecha anterior, no recuerdo el año, estando en otras tareas relacionadas con la prensa, tuve una vivencia muy especial al encabezar un grupo de reporteros gráficos que cubrieron unas concentraciones multitudinarias que se produjeron el mismo día en todo el país. Se utilizó un avión militar AN 26, que no tenía asientos como en los vuelos comerciales, sino banco que seguramente utilizaban los paracaidistas. Salimos del aeropuerto militar de Baracoa, al oeste de la capital al amanecer de la fecha señalada, directamente hacia Guantánamo, después a Santiago, Holguín, Camagüey, así en varias ciudades hasta retornar a La Habana. Con la mala suerte de que después de todo ese periplo, con múltiples aterrizajes y despegues, todos medio mareados, llegando a La Habana, se nos atravesó una turbulencia y más de uno recibimos un porrazo de una cámara o un trípode que volaba por el aire. 

No había combustible para casi nada, incluso para los coches (carros) que prestaban el servicio de las coberturas en la capital. Nos facilitaban la compra de bicicletas para movernos del periódico a nuestras casas, porque el transporte público era imposible. Recuerdo la mía. Era una bici china que pesaba como una piedra, sobre todo cuando después de la madrugada tenía que atravesar la Plaza de Revolución y subir la cuesta de Paseo hasta la calle 21.

Dos de mis hijos eran pequeños, yo llegaba al amanecer a casa y muchas veces no los venía porque marchaban temprano para la escuela. Tal vez el mayor sacrificio, en este periodo, fue éste, la conciliación familiar y el contacto con los amigos. Cuando trabajamos de día no valoramos suficientemente el sacrificio que significa el trabajo de noche. 

No voy a hablar de contenidos, de política editorial y de más cosas que pudiera, solo quiero en estas líneas resaltar el valor humano de aquel colectivo de profesionales, la entrega de las personas cuando hacen un trabajo importante y que su motivación es honestamente una utopía por el mejoramiento humano. Soy de los que piensa que vale la pena.