No puedo menos que mostrar mi alegría al leer en la prensa que el campesino Lázaro Fundora, desde su finca La Esperanza, en Madruga, provincia de Artemisa, Cuba, ya exporta limones y aguacates hacia España. No es por la perspectiva de que pronto pueda degustar esos productos aquí en Madrid. Para mí, al margen de cualquier chovinismo que pueda suponer decirlo, son de los mejores del mundo. Ya verán quienes lo consuman. Mi regocijo mayor es por creer que hechos como este apuntan a que  las reformas económicas que está impulsando el presidente Díaz-Canel, van en serio.

Los cubanos llevan años introduciendo modificaciones a su sistema económico para sobrevivir al asedio más largo que una gran potencia haya impuesto a otro país. Desde la llegada a la presidencia de Trump, los Estados Unidos no solo han revertido las medidas de acercamiento entre ambos países, sino que han endurecido todo el complejo sistema tejido por décadas contra la economía cubana. Salta a la vista que las actuales disposiciones están dirigidas, con precisión milimétrica, al núcleo principal que sostiene la economía de la Isla: el comercio exterior, las transacciones financieras internacionales, el abastecimiento de petróleo, el desarrollo del turismo y la exportación de servicios de salud. Lo más reciente ha sido la prohibición de que los norteamericanos que visiten Cuba, que por todo esto son cada vez menos, no podrán alojarse en casi ninguno de los hoteles de la Isla, por ciertos, los mejores coadministrados por empresas españolas, e incluso ni en casas particulares que rentaban al turismo. También se les prohíbe llevar de vuelta, de souvenir,  hasta una botella de ron o un puro, so pena de ser multados a su regreso.

Si a lo anterior le sumamos que desde hace décadas el sistema centralizado de la economía cubana evidenciaba una clamorosa ineficiencia, reconocida hasta por el propio Fidel Castro, y que ahora, como al resto del mundo, la pandemia ha impactado tan negativamente en su economía, el resultado de la mezcla de todos estos factores explica el panorama actual de desabastecimientos y colas interminables de la población para obtener los productos esenciales.

Ante esto,  Cuba no tiene otra alternativa que, de una vez por todas, poner en marcha las decisiones que permitan el desarrollo de todo el potencial creativo de las gentes, de los emprendedores y de todo el tejido empresarial del país. Aquí los ortodoxos que se empeñan en mantener un sistema económico que no ha resultado deberían ponerse de lado y permitir que las nuevas ideas, inspiradas en la práctica que ya ha funcionado en países como China y Vietnam, sean decididamente implantadas, sin renunciar a lo básico del sistema socialista en cuanto a políticas sociales, educativas y de servicios de salud.

Si la Isla abre su economía, la flexibiliza y da muestras convincentes de seguridad jurídica, va a encontrar suficientes socios externos para emprender un desarrollo sostenido. No se puede esperar para ello a cómo evolucionen los acontecimientos en Estados Unidos, al final, como siempre, en su turbulenta relación con ese país, Cuba será la fruta deseada no para cultivarla, sino para consumirla. Ya lo vio venir José Martí.

Termino esta reflexión con lo que empecé, con los aguacates y los limones de Lázaro, de su finca Esperanza del pueblo Madruga, juntando estos nombres propios pareciera una metáfora que pone a prueba el ateísmo de cualquiera. Pero no es un milagro.