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Allí estábamos, frente al altar que acoge a la Virgen de la Caridad del Cobre. Mi padre, sorprendido y solemne; mi madre, toda de blanco, sobrecogida, llorosa de emoción; y mi hermano y yo, cruzando miradas de adolescentes llenos de asombro. Era el gesto de agradecimiento prometido por la curación de una enfermedad de mi hermano.

Habíamos salido de Velasco, muy temprano, en un automóvil norteamericano del que no recuerdo la marca, pero que todavía pueden verse rodando en Cuba.   Fue un viaje de descubrimientos. Primero Holguín, una gran ciudad a principios de la década de los años sesenta del siglo pasado. Después, transitamos por la larga y estrecha Carretera Central que atraviesa ciudades y pueblos, como Cacocúm, Cauto Cristo, Bayamo, Santa Rita, Jiguaní, Baire, Contramaestre, Palma Soriano, hasta llegar a El Cobre.   

Era un placer para los sentidos contemplar una parte de los valles y llanuras del río Cauto, entre Holguín y Bayamo. Todo verde, frutales, campos de cañas de azúcar, arrozales, exuberantes concentraciones de palmas reales, infinidad de casas campesinas aisladas o en pequeños caseríos, rodeados de parcelas con plantaciones de maíz, yuca, plataneras y fincas con animales domésticos, sobre todo cerdos, gallinas, vacas y caballos. En Bayamo, se gira al Este y empieza un suave ascenso en paralelo a las estribaciones de la cordillera de la Sierra Maestra. Solo muy próximo al El Cobre es que las montañas son notables.

El santuario de la Virgen de la Caridad del Cobre, en Santiago de Cuba, es la Meca de los cubanos. Poco importa qué religión se profese, qué fe se tenga o se deje de tener, es lugar de referencia de la espiritualidad de los cubanos.

Mi madre había hecho la promesa de que si mi hermano superaba una gastroenteritis aguda que padecía, nos llevarían al Santuario, además de vestir, de por vida, toda de blanco. Era una práctica extendida en el entorno rural de la Cuba de la época, la manera más recurrente para afrontar la pobreza y el no acceso a servicio de salud de la gente humilde.

El origen de esta virgen tiene muchas historias, interpretaciones y leyendas, tal vez la más extendida es que el capitán de artillería de las tropas coloniales, Francisco Sánchez Moya, llevó una imagen de la Virgen a principios del siglo XVII y la ubicó en una ermita para intentar evangelizar y amansar a los esclavos negros traídos fundamentalmente de Angola para explotar las minas de cobre de la zona. No tuvo demasiado éxito porque durante todo el siglo XVII fueron notables las protestas y levantamientos de los esclavos hasta que, en 1801, la Corona española reconoció el derecho de los “cobreros” a la libertad y a la tierra, declarando la libertad de esos esclavos y sus descendientes, casi 80 años antes que se decretara formalmente la abolición de la esclavitud.

El imaginario popular es extraordinario y muchos dan credibilidad a lo narrado por Juan Moreno, negro esclavo, que declaró bajo juramento ante las autoridades religiosas de la Isla, según consta en los archivos de Indias de Sevilla, a la edad de ochenta y cinco años, que la aparición de la Virgen se produjo en la Bahía de Nipe, al norte de extremo oriental de la Isla, flotando sobre una tabla.

Sea como fuere, la Virgen de la Caridad del Cobre, para los católicos y Ochún para las religiones afrocubanas, es parte sustancial de la cultura de la Isla y se celebra cada 8 de septiembre.

Curiosidades de la vida, nunca imaginé que casi seis décadas después de aquel viaje, de Velasco a El Cobre, en el Oriente cubano, escribiría estas notas desde un pueblo llamado igualmente Velasco (Torrejón de), a escasos kilómetros de Illescas, que tiene como patrona a la Virgen de la Caridad y es la cuna del capitán de artillería del ejercito colonial que presumiblemente llevó la imagen de la Patrona de Cuba.