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Pedro Luis Ferrer

Recientemente en Madrid, en un concierto, escuché a Pedro Luis Ferrer citar unos versos de José Martí:

¡Verso, nos hablan de un Dios
Adonde van los difuntos:
Verso, o nos condenan juntos,
O nos salvamos los dos!

Para dicha de la cultura nacional cubana, viendo la madurez creativa del cantautor y la calidad de su música, se puede concluir que se han salvado los dos, el poeta y sus versos.

Han pasado más de cuarenta años desde que conocí a Pedro Luis,  allá en La Habana, durante un homenaje a Víctor Jara, el célebre cantautor chileno asesinado por la dictadura de Augusto Pinochet. Recuerdo, como si fuera hoy, aquel teatro abarrotado de estudiantes, en el que emocionado leí un modesto poema de elogio al cantante chileno y después di paso al concierto de Pedro Luis.

Entonces, como ahora, su música me sugiere un viajar por los caminos rurales de Cuba, por sus montañas y ríos, el verde de los cañaverales,  el trino del sinsonte y el repique de los tambores de  los carnavales.  Su armoniosa y cubanísima obra está llena de hermosos versos salpicados con mucha gracia e ironía, a la altura de otros   músicos clásicos populares de la Isla,  como Ñico Saquito, Miguel Matamoros, Carlos Pueblas o Faustino Oramas (El Guayabero).

Nunca ha callado. En sus letras ha elogiado lo que ha creído elogiable, pero ha martillado con vehemencia y convicción lo que ha considerado dañino. Criticó la homofobia cuando una gran parte de la sociedad y desde el poder se discriminaba a los homosexuales, puso en primer plano la existencia de la prostitución mientras las autoridades querían disimularla. En su célebre canción “100% cubano”, en 1994, denunció la humillante discriminación que sufrían los cubanos al no tener acceso a la mayoría de las  instalaciones turísticas reservadas para el turismo extranjero e ironizó sobre la carencia de valor del peso cubano y la negación del derecho de la mayoría de los ciudadanos  a salir y entrar libremente a su país.

Los medios de difusión de la Isla intentaron silenciarlo, pero no pudieron. A través del ingenio popular, tan bien expuesto en el repertorio de Ferrer, el pueblo se las agenció con casetes de audio y de boca a boca, para que sus composiciones siguieran formando parte del acerbo sonoro popular. El autor fue como el trueno y el pueblo, como el viento. Nunca mejor dicho.

Con posterioridad todas esas políticas abusivas y vejatorias que criticaban sus canciones  han sido oficialmente reconocidas como errores y están en proceso de rectificación, pero probablemente, como es bastante habitual en Cuba, nadie pedirá perdón al artista por los daños y el ostracismo que ha padecido. Su pueblo siempre  sabrá reconocer su valor, su honestidad y su sacrificio.

Ojalá que nunca más tengamos burócratas que censuren el arte verdadero, el que critica y denuncia para que siga cantando libre el jilguero, con su guitarra y su tres.

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Aquí dejo una muestra de su arte y os recomiendo a los que estén por Madrid que no se pierdan alguno de sus conciertos.

Con Pedro Luis Ferrer

El autor de esta crónica con Pedro Luis Ferrer, en Madrid