Saturno devorando a su hijo

Resulta que una parte del sector artístico de Cuba se ha revuelto contra un decreto del ministerio de ese sector que pretende, más que trazar política cultural, administrar la creación. Es contradictorio que tal polémica ocurra ahora, justamente cuando el país se está planteando la realización de transformaciones significativas, tanto en el orden económico, como social, que requieren un consenso importante de todos los sectores, empezando por la intelectualidad.

Solo con examinar por arriba el contenido de algunos artículos del llamado Decreto 349/2018 del Ministerio de Cultura  es suficiente para entender el enfado en el sector.

Por ejemplo, se consideran contravenciones  muy graves cuando una persona natural o jurídica en la utilización de los medios audiovisuales, muestre en ellos contenidos con “violencia, lenguaje sexista, vulgar y obsceno…”

Es decir, una persona que a través de los medios audiovisuales muestre contenidos en los que haya violencia, lenguaje sexista, vulgar y obsceno estará cometiendo una contravención administrativa sujeta a multas y hasta el decomiso de los recursos.

De aplicarse textualmente la norma, privarían a las nuevas generaciones de películas clásicas del cine mundial y del cine cubano, porque en la mayoría están presentes expresiones vulgares, coloquiales, del habla popular de cada época.

No se oirán más las guarachas de Ñico Saquito, El Guayabero y tantos otros, verdaderas glorias de la música popular cubana. Hablando claro, alguien puede explicar qué es vulgar, obsceno, sexista en una obra de arte, en una canción. Porque para criticar la vulgaridad y el sexismo muchas veces hay que exponerlos y combatirlos a la vez, en ese contexto.

Si la intención de los ponentes de esta absurda legislación es eliminar las expresiones soeces y chabacanas  de ciertos músicos y ritmos actuales que atormentan las calles de La Habana y el interior de los “almendrones” que trasladan a los pasajeros por la ciudad, sería igualmente un  error,  porque eso no lo puede administrar el gobierno con un Decreto Ley, es la sociedad con su aceptación o rechazo. En ultima instancia, serían  los críticos de arte, los medios de difusión a quienes correspondería esa labor.

Los encargados de trazar políticas culturales en Cuba deberían tener la suficiente experiencia en este terreno y no olvidar las consecuencias  de lo que se conoce como el quinquenio gris, en los años 70 del siglo pasado, infausta etapa en que se pretendió “parametrar” el arte y las letras y hasta los intelectuales. El cubano es culto, para ser libre, como nos dijo Martí. Nadie se atrevería a prohibirle que contemple, aunque contenga sexo o violencia “Susana y los Viejos” de Tintoretto; Saturno devorando a su hijo, de Goya; Judith decapitando a Holofernes, de Artemisia Gentileschi  o Guernica, de Pablo Picasso.