Ya pasaron los primeros cien días de gobierno del presidente cubano, Miguel Díaz-Canel. La prensa cubana -no se esperaba otra cosa- ha sido muy complaciente con el acontecimiento, se ha limitado a reflejar las actividades en las que ha participado, sin un juicio crítico sobre el resultado concreto de su acción como nuevo gobernante.

Lo cierto es que Cuba está cambiando y en cosas muy sustanciales. Ya sabemos que el mandato del gobernante empezó el 19 de abril de 2018 y terminará en 2023. Y sabemos más, conocemos que en el proyecto de nueva Constitución que estos días se discute en las organizaciones sociales, instituciones y con la población en general, se establece que los mandatos presidenciales serán de cinco años, con una posible renovación por igual período, y que para acceder al cargo no se podrá tener más de 60 años.

La generación que hizo la Revolución en la década de los años 60 del siglo pasado ha hecho bien en dejar resuelta la gobernabilidad y continuidad de un proceso político que ha sido referencia para la izquierda mundial, pero ha puesto de manifiesto, también, lo inútil y contraproducente de prolongar indefinidamente el liderazgo del gobierno, aún contando con el respaldo de gran parte de la población.

Los comandantes que bajaron de la Sierra Maestra, encabezados por Fidel Castro, gozaron del reconocimiento de un país que se libraba de una feroz dictadura, la de Fulgencio Batista, y esa aureola de héroes les legitimó moralmente ante los ciudadanos  para encabezar un gobierno que sorteó peligros muy definitorios para la soberanía del país. Pero a la vez, se cometieron errores de bastante profundidad que en circunstancias normales la población no hubiera permitido. La historia es la que es y no la que nos podamos imaginar, pero es natural que nos hagamos la pregunta de por qué estos cambios no se adoptaron antes, con lo cual hoy, con toda seguridad,  tendríamos un país mejor en todos los aspectos.

El reto de Díaz-Canel es conquistar el reconocimiento y apoyo del pueblo por las medidas que sea capaz de llevar adelante, teniendo como arma la persuasión, el talento, el liderazgo  y el valor, sin otro aval que su trabajo, la verdad, la transparencia, el desarrollo pleno de la crítica a la gestión pública, básicamente  en los medios de comunicación, con libertad y responsabilidad, como medios para desarrollar la conciencia democrática real en el país. Que ponga en primer término el mejoramiento de las condiciones materiales de la gente, la eficiencia de los servicios públicos y la creación de condiciones para el emprendimiento empresarial y el desarrollo de las diferentes formas de propiedad, sin prejuicios ideológicos y partidistas. Las nuevas generaciones de cubanos no evaluarán a sus líderes  por méritos históricos conquistados en el pasado, juzgarán el resultado de la política y de los políticos  por el nivel de solución a sus problemas cotidianos, a la mejora de sus condiciones de vida.