El Quijote veía gigantes en sus andanzas manchegas y eran molinos. Yo, en estas mismas tierras, donde acaban de cortar el trigo, imagino plantaciones de cañas de azúcar recién cosechadas. Alucinaciones compartidas.

Pareciera que las infinitas llanuras manchegas provocan brotes de espejismos, fantasmas y apariciones, similar síndrome de los que hemos crecido rodeados de cañaverales, allende el océano.

Aquí trigo, harina y pan. Allá caña de azúcar, aguardiente y ron.

Es espléndido, es bello, contemplar los campos segados, tanto de trigo como de la caña, con ese color amarillento que asumen después de la cosecha. Disfrutarlo es muy breve, porque pronto el hombre moldeará esas tierras para plantar semillas nuevas. Aparecerán las lluvias, los brotes verdes. Crecerá el trigo, se empinará la caña de azúcar y se repetirá infinitamente el ciclo. Primero todo verde, muy verde y finalmente volverá ese manto homogéneo de un tenue amarillo.

Tanto tenemos en común en nuestros campos, tanto en nuestras culturas. Lo resume el Poeta Nacional de Cuba, Nicolás Guillén en su “Songoro Cosongo”

En esta tierra, mulata
de africano y español,
(Santa Bárbara de un lado,
del otro lado, Changó),
siempre falta algún abuelo,
cuando no sobra algún Don
y hay títulos de Castilla
con parientes en Bondó:
vale más callarse, amigos,
y no menear la cuestión,
porque venimos de lejos,
y andamos de dos en dos.