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A modo de solidaridad con todos los caribeños y norteamericanos que en estos días están sufriendo el azote de dos grandes huracanes os dejo este testimonio que escribí sobre el ciclón Flora. Es casi igual al que presenté en un concurso de micro relatos que tuvo lugar en mi empresa, AvantCard, en Madrid y que generosamente fue premiado. Solo he suprimido algunos párrafos para hacerlo más breve todavía.
Han pasado más de cuarenta años de estos hechos, algunas cosas ya me resultan imprecisas,  pero esto es lo que guardo en mi memoria sobre mi primera experiencia de un huracán. Transcurrían tiempos muy difíciles sobre todo para los sectores más vulnerables de la población. No se habían desarrollados planes de embalse de los grandes ríos que surcan el oriente de la Isla, como los que con posterioridad fueron construidos. La situación política en general era difícil porque un nuevo sistema político empezaba a surgir mientras el anterior se resistía. Así era el contexto cuando llegó el ciclón Flora, uno de los huracanas más dañinos que ha sufrido la isla hasta ahora.

                                            Breve testimonio sobre el huracán Flora
Martes, 1 de octubre de 1963. Cuando estábamos en el aula, Alicia, la maestra, nos dijo que estuviéramos atentos porque un ciclón se había formado en el Caribe Oriental y podía ser una amenaza para la provincia. No era la primera vez que oíamos este tipo de advertencia. Nuestra reacción no podía ser otra que la ilusión por tener un día más de libertad para correr por el campo, bañarnos en el aguacero y atrapar algún pájaro con las alas mojadas. Así había sido siempre.
Miércoles. Volvimos al colegio, aunque para nosotros el ambiente ya era de fiesta, apenas atendíamos a la maestra, nos susurrábamos a los oídos sobre los planes si entraba la tormenta.
Jueves. A primera hora, cuando empezó a bailar el despertador encima de la mesa de cedro del cabecero de la cama, mi madre se presentó en la habitación para confirmarlo: – “Hijos, hoy no hay escuela por la llegada del ciclón”. A las seis de la tarde empezó a arreciar una brisa un poco extraña, pero no llovía. Mi padre se puso al lado del viejo Philips de válvula a escuchar las noticias. Oscureció antes de lo habitual y ya se veían unos nubarrones oscuros hacia el Este. Mi madre se extrañaba porque los animales de corral tenían un comportamiento extraño, se mostraban nerviosos. Sobre las ocho, era totalmente de noche, mi padre salió y se dirigió a la casa de Mario Soler. Nos separaban de ella unos ochocientos metros, estaba ubicada en una elevación natural del terreno y era la única construcción de ladrillos y cemento de la zona. La nuestra, como casi todas de los alrededores, era de paredes y techo de madera y algunas partes con la cubierta de zinc, sobre todo, en el soportal que la rodeaba. Era el típico estilo de fabricación que trajeron a principio de siglo los norteamericanos, dueños de muchas fábricas azucareras. Sobre las nueve de la noche, comenzaron unas ráfagas de viento a intervalos que estremecían con violencia los frutales: árboles de mango, aguacate, papaya, guayaba, limoneros. Empezaron a caer las plataneras que mi padre cuidaba con tanto esmero. Las caras de toda la familia delataban la creciente preocupación. “Si esto sigue así – dijo mi padre- a primera hora nos vamos para la casa de los Soler, es más segura para resistir el viento y está más alta, en caso de que se produzcan inundaciones”.
Nos fuimos a la cama, pero el ruido del aire contra las paredes, el silbido del viento entrando por cualquier hueco de puertas y paredes y el choque de trozos de zinc, ramas de árboles, macetas y diversos trastos que flotaban en el aire y se impactaban contra la casa, no permitían pegar ojo a nadie. Mi padre no esperó más, pasadas las once, envueltos en mantas, agarrados de las manos y soportando las primeras lloviznas con fuerza de balas, salvamos la distancia hasta nuestro “refugio”.
Viernes. Al amanecer, el intenso viento era sostenido y la lluvia no cesaba, no paró durante todo el día. Al anochecer empezaron a faltar alimentos, se había agotado todo, el pan, el arroz, la manteca de cerdo. Las noticias eran inquietantes, el ciclón había entrado por las proximidades de la ciudad de Guantánamo, extremo Este de la isla y avanzaba por los territorios holguineros. El ojo del huracán se ubicaba a unos doscientos kilómetros.
Sábado. Lo que veíamos en los alrededores era un mar de aguas sucias que arrastraban a su paso plantas y animales ahogados. La casa de la familia Soler, además de estar en una suave colina, descansaba sobre pilotes de hormigón que permitían el paso incesante de grandes corrientes de agua por debajo, como si fuera un puente. Para buscar suministros los hombres salieron agarrados a una cuerda para auxiliarse si la corriente los arrastraba. A las dos o tres horas regresaron con una ternera descuartizada en piezas que sería nuestro alimento durante los siguientes días. Mi madre nos mantenía casi todo el tiempo a mi hermano y a mí en la habitación que ocupábamos. Ella a ratos se lamentaba de haber olvidado muchas cosas para la contingencia, pero no le faltó la efigie de la Virgen de la Caridad, hecha de yeso, de unos cuarenta centímetros, ante la que rezaba y pedía que nos salvara.
Domingo. De repente, al mediodía, dejó de soplar el viento y el aguacero se redujo a una ligera llovizna, mientras tímidamente se asomaba el sol. Mis padres aprovecharon la tregua para ir a investigar qué había sido de nuestra casa y de las pertenencias. Regresaron cabizbajos y visiblemente conmocionados, pero no hicieron comentarios, apenas tuvieron tiempo. De nuevo empezó a oscurecerse todo, aumentaron las ráfagas de viento, arreció la lluvia y se desencadenó una tormenta de rayos que retumbaban como bombas. Hasta ese día creíamos que durante los ciclones no se producían truenos. Vuelta atrás a las pocas esperanzas de que acabara aquella pesadilla. Toda la noche del domingo lloviendo y el viento batiendo con tal fuerza que ponía a las palmas reales inclinadas, como si el viento intentara despojarlas de su altivez y belleza. El verdor de los campos de caña de azúcar daba paso a grandes espejos del agua estancada.
Lunes. Más noticias en la radio. El vértice del huracán nos había pasado por encima el día anterior, ese era el motivo de la breve tregua del domingo. Pero lo insólito ocurría ahora. La tormenta había salida al mar por la bahía de Manzanillo y después había penetrado nuevamente en la tierra por la ciudad de Santa Cruz, la misma que había sido víctima, tres décadas atrás, de “una ola gigante del mar” que causó tres mil muertos, cuando aún a este fenómeno, al menos en Cuba, no se le conocía como Tsumani. Ahora el  Flora, nombre que se había dado a este ciclón, pasaba una segunda vez por aquella sufrida zona, describiendo un lazo, una trayectoria sin precedentes en tipo de fenómeno meteorológico. En su errático camino por Cuba dejó mil doscientos muertos, diez mil viviendas destruidas y ciento ochenta mil personas evacuadas. Cien mil personas lo perdieron todo. El desastre más grande se debió al desbordamiento de grandes ríos, el que más, el Cauto, que baña grandes llanuras del oriente cubano. Las autoridades llegaron a decir que la imagen de su cauce crecido desde el aire, parecía un océano marrón del ancho de la desembocadura del Amazonas.
Martes 8 de Octubre de 1963. El huracán se internó definitivamente en el mar por la costa Norte. Regresamos a nuestra casa. Las imágenes eran dantescas: Aves, cerdos, algunos caballos y vacas yacían por todos lados hinchados y empezaban a descomponerse. La puntilla fue la muerte del perro más cariñoso que nunca más tuvimos. Compañero de juegos y aventuras que nos lamía y miraba con tal ternura que sus ojos quedaron en mi retina como mensaje sublime de lealtad y nobleza.