carnival-la-habana-1-580x386

Acabo de regresar de Cuba. Digo esto y me parece irreal. Yo nunca me he ido de allí. Vivo en Madrid, sin haber salido nunca de La Habana. Cosas de la imaginación.
Vengo con la sensación de que me estoy perdiendo la otra Revolución. Esta vez no vienen de la Sierra Maestra jóvenes barbudos un día de la Santa Ana, ni cientos de miles de estudiantes salen hacia los campos a realizar una alfabetización masiva, tampoco hay milicianos combatiendo una intervención militar del extranjero; esta vez son las nuevas generaciones, inspiradas en aquel espíritu transformador que se proponen rectificar errores para alcanzar las cumbres fundacionales y originarias. El movimiento de cambio es lento, pero empieza a notarse y si de un embarazo se tratara, estaríamos en lo que se conoce en el lenguaje médico como contracciones Braxton-Hicks o “dolores correos”, que anuncian la proximidad del parto.

Lo impresionante es que todo transcurre en el subsuelo y menos en la superestructura política y cultural del país. La gente empieza cada vez más a sentirse responsable de su propio destino, ya no espera que le llegue el maná del Estado. Cuba empieza a ser un hervidero de gente comprando y vendiendo, de gente pensando como salir adelante. Restaurantes privados, vendedores ambulantes, pregoneros, cooperativistas, prestadores privados de servicios básicos, esa es la estampa más visible que hace recordar a nuestro José Martí cuando dijo en “Nuestra América”, en fecha tan lejana como el 1878: “Es rica una nación que cuenta con muchos pequeños propietarios”.

Un esfuerzo titánico requerirá la mejora de todas las infractoras que están, en su mayoría, en estado lamentable, tales como ocurre con la red de carreteras, ferrocarriles, alcantarillado, calles de las ciudades, servicios hospitalarios, transporte público. A estos problemas materiales hay que sumarle el discurso monótono, machacón, complaciente y poco atractivo que sigue prevaleciendo en los medios de prensa. No están a la altura de lo nuevo, siguen anclados en el tiempo y son incapaces de hacer el verdadero relato de lo que está ocurriendo. Ojala en el anunciado próximo congreso de los periodistas se impongan las voces que ya retumban por una prensa más abierta, crítica, moderna y competitiva.

Son las propias instituciones cubanas, sus intelectuales, sus profesionales las únicas fuerzas con autoridad ante el pueblo para encarrilar la vida económica y política del país y realizar los cambios requeridos. Tienen que apartarse de una vez algunos dirigentes que jugaron un papel en el pasado, pero que ya no son capaces de interpretar a fondo la nueva revolución que está en marcha. Que nadie sueñe con supuestos opositores internos al sistema capaces de ejercer realmente un papel en el momento actual de Cuba. Muchos de esos pequeños grupos, casi invisibles, han hecho de esa “profesión” su modo particular de subsistencia a cambio de limosnas que reciben desde el extranjero y eso lo sabe muy bien la población y no lo perdona.

Raúl Castro está liderando su más importante batalla. Contra el tiempo, contra su propio tiempo, impulsa los cambios que pueden conducir a la modernización del país y dar pie para que las nuevas generaciones conserven las conquistas sociales alcanzadas y construyan un país prospero, moderno y sostenible. El tiempo es oro y es el tiempo de impulsar las reformas. Cuba tiene que acelerar o de lo contrario perderá esta gran oportunidad histórica que tiene delante.

Hanabanilla