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Guardo en mi memoria, como recuerdo imperecedero, el bamboleo de los vagones, el crujir de las ruedas de acero sobre los rieles, la somnolencia contemplando los verdes campos de caña, las palmas reales, los cocoteros, las casas de campesinos con techos de zinc y guano, hombres a caballo con sombreros de yarey trasladándose de un lado para otro, en fin, todo el mundo rural cubano. Aunque la escena se repetía cada año, desde que estudiaba en La Habana, era el viaje de mi vida. Con él soñaba y con el pensamiento puesto en él, resistía los avatares de la beca, la añoranza y la melancolía. Más que los exámenes finales, lo que teníamos en la cabeza era la fecha de fin de curso. Al amanecer de ese mágico día llegarían los autobuses a la plazoleta frente al Instituto para trasladarnos hacia la estación de ferrocarril de La Habana Vieja y comenzar el recorrido hacia el Este, surcando la Isla casi entera, camino de retorno a nuestras casas, al encuentro con nuestras familias.

El año 1966 se presentaba muy agitado.  Algunos recodaban el inicio de la década, cuando estuvimos a punto de ser el centro de una guerra nuclear. Los periódicos reflejaban  sabotajes e intentos de atentados casi a diario. En marzo, grupos armados presumiblemente provenientes de Florida, hunden el pesquero cubano Lambda 17, en pleno estrecho de Yucatán. Ese mismo mes se produce un intento de secuestro de un avión cubano en el que murieron el piloto y un custodio, también roban una embarcación en la base náutica de Cubanacán, la cual  fue recogida por un guardacostas norteamericano a 78 millas de Matanzas. El colofón a todo este ambiente de inestabilidad y agresiones fue el asesinato del soldado cubano Luis Ramírez López,  del Batallón Fronterizo del ejército cubano, víctima de  disparos provenientes de la base naval norteamericana de Guantánamo.

Nuestra escuela tenía una particularidad muy especial. A la vez que estudiábamos, constituíamos una Unidad Militar para tiempo de guerra, lo que nos permitía hacer la mili mientras cursábamos el nivel medio superior para ingresar en carreras universitarias de la rama agrícola. De ahí que tuviéramos una estructura militar que regía todo el orden interno del centro. En la extensa área exterior había unos aparcamientos techados repletos de técnica militar que servía para impartir la preparación a los alumnos, además de ser el armamento propio de una unidad de artillería.

El viernes 27 de mayo, siguiendo la rutina de cada semana, formamos las compañías frente al pabellón central del Instituto a la espera de que el Jefe de la Sección Política se dirigiera a todos para valorar el resultado de la preparación combativa y dar la orden de salida del fin de semana. En el ambiente se respiraba algo extraño. El teniente, antes de dirigirse al atril para pronunciar su charla, conferenciaba con el director del Instituto. Felipe Lozano, mi compañero de escuadra, me golpeó ligeramente sobre el hombro y  llamándome por mi número en la lista militar, no por mi nombre, me dijo – “Oye 170, aquí hay gato encerrado”. Me encogí de hombros, resignado.  En efecto, el teniente fue lacónico y  se limitó a decir que no habría pase de fin de semana por la situación de amenaza que vivía el país e indicó que debíamos permanecer atentos en nuestras áreas de descanso. Sin más  ordenó -“¡Firmes!, ¡Rompan filas!”.

A las 22:30, cuando por la megafonía local se escuchaba  la corneta llamando a silencio, volvió Felipe a susurrarme, ya desde la litera de al lado – ¿No me crees, 170?… pues no te relajes muchos que vamos a tener jaleo en muy poco tiempo- y con una sonrisa burlona se echó a dormir. A duras penas también lo hice. Soñaba con mi último viaje de vacaciones en aquel tren que parecía rápido pero que no lo era, al extremo que le apodaban el lechero, por eso de que paraba en cada pueblo, por pequeño que fuera. Sin precisar bien la hora, pero ya siendo media noche, saltaron las sirenas de alarma general y, despedido como por un resorte, salté de las cama, me colgué el fusil en el hombro y  coloqué el casco de acero sobre mi cabeza. Llovía. No faltaron tropezones durante la carrera hacia los aparcamientos. Subimos a los camiones rusos ZIL -157, apodados   “pan duro”, por la dificultad que presentaban para conducirlos. Llevaban a remolque los cañones.

Con las primeras luces del día  la caravana se detuvo en  una extraordinaria arboleda y se dio la orden de descender de los vehículos y comenzar el emplazamiento de la artillería.  En medio de una llovizna persistente comenzamos, como topos, a cavar huecos con la profundidad adecuada para proteger los cañones. Se organizó la defensa del lugar repartiendo los horarios de guardia a cada uno. Al amanecer terminó la lluvia y ante nuestros ojos apareció aquel maravilloso paisaje de árboles frutales de mango, esplendorosos, todos muy verdes y muy altos. El día entero lo pasamos en la misma faena, con recesos para el desayuno, el almuerzo y la cena. Al oscurecer, de nuevo llovizna y la lucha por protegernos del agua y los insectos. Algunos se guarecieron en la parte de abajo de los propios camiones; otros pegados a los árboles hicimos tenderetes con las capas individuales de agua. Cada vez que la brisa aumentaba se movían las ramas y nos caían chorros de agua. También afectaba a los refugiados debajo de los camiones. No sabía qué era peor, si el agua que se filtraba por cualquier lugar o los malditos mosquitos que no cesaban de picar en medio de aquella circunstancia. Confirmé lo dicho en la clase de biología, estos bichos son hidrófugos. Otra vez la guardia nocturna, otra vez el sueño recurrente. Era como la continuidad del anterior. El viaje, el ruido, la monotonía del tren…pero en este se incorporaba el componente erótico. A mi lado viajaba una chica muy bella y sensual de un curso superior al mío. Sin esperarlo inclinó ligeramente su pierna para rozar la mía. La libido iba en aumento. Entonces moví mi pie sin disimulo  y toqué con suavidad el suyo. Nos miramos sin decir palabras, pero deseando mucho… Frente a mi, en la oscuridad, oigo de nuevo el susurro de Felipe, “Vamos 170, déjate de remolonear, que es la hora de tu guardia.

El domingo 29, charla política y lectura de un comunicado en el que se anunciaba la declaración del Estado de Alerta a todas las fuerzas armadas del país. El periódico del día anterior titulaba  a seis columnas “Si nos atacan, los combatiremos mientras nos quede un hombre o quede un pueblo en el mundo luchando con las Armas”.

Yo era el jefe de pieza, es decir, jefe de un cañón antitanque de 57 milímetros y su dotación de jóvenes artilleros. Revisé mi sector de fuego y los puntos de referencia para el tiro. Confirmé sobre el mapa que estaba justo en una elevación de Campo Florido. Miré a través de los prismáticos hacia el norte. Se divisaba la costa, el litoral verde/azul de la Habana. Las playas de Guanabo y Santa María, con sus arenales blancos y aguas cristalinas.  Eché mi imaginación a volar y visualicé un desembarco, portaaviones, lanchas repletas de soldados y ataques aéreos sobre nuestras cabezas. Un raro cosquilleo me subió del estómago a la garganta. En este clima guerrero pasamos varios días entre mosquitos, camiones y armas, preparando escenarios para diferentes contingencias, ejercitando una y otra vez la carga de los proyectiles y la corrección de los sectores de fuego.

– ¡Al fin, 170! Esto se acaba. Hemos ganado una guerra sin disparar una bala-  sentenció Felipe, ya en la fila para abordar los camuflados “panes duros”. Respiré hondo y comencé a recuperar  la esperanza de realizar nuevamente, en el verano, el viaje de mi vida. Una nueva estación incorporaría al itinerario, la de Campo Florido.