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Criminales y violadores, así calificaba Donald Trump a los inmigrantes mexicanos durante su campaña presidencial para justificar la construcción de un faraónico muro que obstaculice la entrada de inmigrantes indocumentados por la frontera sur de Estados Unidos.

La humillación a los mexicanos no es patrimonio solo de Trump, viene de lejos, hace dos siglos John Adams, que había gobernado al país decía que “…la gente de Kentucky está llena de ansias de empresa y aunque no es pobre, siente la misma avidez de saqueo que dominó a los romanos en sus mejores tiempos. México centellea ante nuestros ojos. Lo único que esperamos es ser dueños del mundo”.

Eran tiempos en que florecía en buena parte de la clase política de la Unión la tristemente célebre doctrina del Destino Manifiesto, según la cual los colonos estaban destinados a expandirse por todo aquel continente  “por las virtudes del pueblo  norteamericano y sus instituciones,  rehaciendo así el mundo a imagen de los Estados Unidos”. En este contexto fue como a través de la guerra  le arrebataron más de la mitad del territorio a México: Los estados de California, Nevada, Utah, Nuevo México y Texas y partes de Arizona, Colorado, Wyoming, Kansas y Oklahoma.

A Trump esta pesadilla histórica le ha parecido poco, ahora  se propone completar el muro fronterizo de más de tres mil kilómetros y exigirle a México que lo pague. Es como decir, te robé estas  tierras, las he vallado y además paga para que no puedas ni acercarte a ellas.

No hay ninguna explicación razonable ni convincente para esta provocadora medida, salvo un interés de humillación al más puro estilo de las películas de cowboy,  porque el saldo migratorio es negativo, salen más mexicanos de los que entran cada año a los Estados Unidos y los inmigrantes ilegales que permanecen en ese país, mayoritariamente, han entrado con visa por los aeropuertos y después se han quedado.

Para completar la afrenta, el nuevo presidente ha anunciado que renegociará el Tratado de Libre Comercio que mantiene con México y Canadá.

Se equivoca el showman  de televisión elegido Presidente, si piensa que con esta muralla va a impedir el tráfico de inmigrantes. Para evitarlo lo razonable sería dedicar los 10 mil millones de dólares de la obra, o tal vez mucho más, a políticas de desarrollo de sus vecinos del sur, para que no se vean obligados a jugarse la vida buscando mejores condiciones materiales. Hay muchas muertes en esa frontera e infinidad de familias separadas por esta división artificial de pueblos que fueron uno solo, incluyendo reservas indígenas y etnias originarias. Por alto y robusto que sea el muro, más grande será las fuerzas del hambre, la pobreza y el deseo de encuentro de millones de seres humanos.

No es solo una humillación al pueblo mexicano, lo es también a los centroamericanos y  a toda Latinoamérica.

A dos semanas de su elección, Trump se ha embroncado  con más de cuarenta países  y dice que “el mundo está mal”, pero que él lo va a arreglar. Estamos entrando en una  etapa histórica regida, tal vez, por una nueva doctrina, la del destino de lo incierto.

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Os dejo un enlace de un vídeo que ilustra la dramática realidad de la separación entre familias de ambos lados de la frontera.