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“He venido a dar las gracias por la inmensa labor social  y de dignidad humana que la Revolución Cubana ha significado para los más desfavorecidos y explotados y también para perdonar los errores y excesos cometidos. ¡Hasta siempre Comandante!”, así escribí hoy en el libro de condolencias que la Embajada de Cuba en Madrid ha habilitado.

Solo dos veces hablé con Fidel, a finales de los ochenta, con ocasión de la publicación de las biografías de los candidatos a Diputados de la Asamblea Nacional del Poder Popular y la otra, por teléfono, cuando nos disponíamos a publicar un discurso suyo en la inauguración de una obra pública. A la sazón me despeñaba como subdirector del periódico Granma.

Serví con lealtad durante toda mi juventud y cuando discrepé con algunas de las políticas lo hice con honestidad y me atuve a las consecuencias. Tal vez por ello hoy he sentido una gran emoción cuando he rendido  tributo a quien me inspiró en mis ideales, con la certeza de que mis sentimientos siempre fueron sinceros e inclusivos.

De su vida y obra como guerrillero victorioso y organizador de las masas populares para echar a un cruel tirano que gobernaba a Cuba, mucho se ha escrito y esa epopeya sola sería suficiente para los más grandes honores.

Ya como estadista y protagonista de primera línea de la Guerra Fría bastaría decir que la historia del siglo XX no se podrá escribir sin mencionar su nombre.

Tal vez su punto más vulnerable ha sido la errática conducción de los problemas económicos domésticos, el desarrollo de planes a veces faraónicos y cambios de políticas y decisiones económicas que agravaron los efectos del férreo bloqueo al que los Estados Unidos le sometiera como castigo por su osadía de emprender una Revolución en sus propias narices.

De tu tenacidad, resistencia y arrojo son ejemplo los once presidentes norteamericanos que de una manera u otra trataron infructuosamente de derrocarlo. Se dice rápido, pero resulta heroico que un país pequeño, con pocos recursos naturales, a solo  90 millas de la potencia militar y económica más grande del mundo, haya podido resistir más de medio siglo sin doblegarse. Se engrandece más cuando se compara con la reacción de algunos gobernantes de grandes y distantes naciones que cuando el gobierno norteamericano estornuda, no hacen más que correr a facilitarle el pañuelo.

Fue un gran pedagogo y utilizó su encendida retórica para convencer a la mayoría de su pueblo en el ideal de resistencia, igualdad, justicia, dignidad y orgullo nacional. Esa actitud motivó mucha solidaridad tanto en América Latina como en África e inspiró a generaciones enteras con ideales de cambios progresistas.

Pero no ha sido un Dios, ha sido un hombre. Con virtudes, las más, pero también con defectos. Fidel muchas veces era capaz de ejercer una crítica feroz por malas decisiones de su propio gobierno, como si de un líder de la oposición se tratara, si embargo, su talón de Aquiles fue no crear  a su alrededor un ambiente de crítica a su propia obra. Culpa suya, pero también de la inmensa mayoría de quienes le rodearon. Su actitud  intransigente contra quienes han disentido de sus ideas, la mayoría de los cuales tiraron la toalla y prefirieron con cinismo simular o  refugiarse en la Gran Potencia hostil para que le salvaran las pestañas, explica en gran medida que en la actualidad en Cuba no haya una oposición interna como tal, sino pequeños grupos que en su mayoría militan  solo como una manera de irse de Cuba y otros participan si pueden, pero no es su principal objetivo, según acaba de decir el propio disidente  Guillermo Fariñas, a quien el Parlamento Europeo  le concedió el Premio Sájarov.

Desde hace algunos años Cuba se encuentra en un franco proceso de rectificación de muchos de los errores cometidos y lo lleva adelante con un amplio consenso social interno y en  paz.

Lo previsible y deseable es que los cambios vengan del propio pueblo cubano y de sus actuales instituciones, sin interferencias de ningún tipo, porque así lo han dicho: cambiar todo lo que haya que cambiar y modificar todo lo modificable, sin perder las grandes conquistas sociales adquiridas.

En este contexto sería deseable que Trump contenga su incontinencia verbal y mantenga el rumbo trazado por Obama para que los cubanos no se sientan amenazados y puedan seguir en su proceso de reformas y perfeccionamiento, porque una vuelta atrás solo serviría para cavar de nuevos las trincheras para más sufrimiento del pueblo cubano.

No parece justo, ni  sensato, volver a empujar a Cuba a otras alianzas estratégicas que muchos la desearían  porque solo servirían para enrarecer aun más el caliente ambiente de las relaciones internacionales.