Fidel Alejandro Castro with guerilla fighters in the Sierra Maestra ca. 1958. World History Archive

De un lado a otro del planeta recorría esta madrugada la noticia del fallecimiento, a los 90 años, del ex presidente Fidel Castro.

Los medios de prensa de todo el mundo y las redes sociales se hacían eco del suceso y valoraban el legado del histórico líder cubano y de las probables repercusiones que traería su muerte.

El destino ha querido que su fallecimiento coincida con la celebración del 60 aniversario de su salida de México hacia Cuba para iniciar la revolución armada que derrotó a la dictadura de Fulgencio Batista en 1959.

Sobrepasaría la extensión razonable de un post relatar su hoja de servicio al frente de una revolución llevada a cabo a 90 millas de un poderoso enemigo que ha hecho todo lo posible por derrocarlo, incluso acudiendo a cientos de intentos de magnicidio.

Fidel resistió y venció una invasión armada y organizada por la CIA, casi recién triunfada la Revolución. Ha sido protagonista de primera línea en todo el período de la Guerra Fría en la que el mundo se jugaba hasta su propia supervivencia y vio firme en sus principios y sin doblegarse, la desintegración de la Unión Soviética y  la caída del Muro de Berlín.

En su larga guerra de resistencia logró desarrollar masivamente la educación de su pueblo, desde una campaña de alfabetización que fue modélica en los países subdesarrollados, hasta la  implantación y el desarrollo de un sistema gratuito y universal de la salud que se pone como modelo en las Naciones Unidas. Ha sido abanderado de la solidaridad internacional con países que lo han necesitado e inculcó como nadie un gran sentimiento de independencia, dignidad y autoestima de la mayoría de los cubanos.

Sin embargo, no todo han sido luces. En su extenso período de gobierno y liderazgo no han faltado decisiones erráticas y perjudiciales, particularmente en el campo económico. Su estilo  intransigente e intolerante con sus adversarios le llevaron  a un personalismo exagerado y unipersonal como estilo de gobierno.

Sus detractores fijan su mirada nada más en sus errores, lo mismo que critican al sol solo por lo que quema; en tanto, muchos de sus seguidores alaban únicamente sus virtudes, como si de un dios y no de un hombre se tratara.

Millones de cubanos le lloran como al padre muerto, mientras que otros, ejemplarizados claramente en Miami, canta y bailan por la noticia. Habrá un punto intermedio en que la Historia haga justicia y lo coloque en el sitial que le corresponde.

Actualmente  Cuba desarrolla un proceso lento de cambios y modernización, en la misma proporción que su relación con los Estados Unidos ha ido mejorando desde el último mandato del Presidente Obama. Y  digo en proporción porque estoy convencido de que solo con la eliminación del bloqueo que imponen los Estados Unidos a Cuba, ya reconocido como obsoleto e inútil, puede lograrse un cambio que lleve a la mejoría de los derechos civiles y la mayor apertura económica en la Isla.

La incógnita está en saber si esta hipótesis la asumirá el nuevo gobierno que surja de la reciente elección de un presidente tan imprevisible como Trump o de lo contrario, adopte una irresponsable política de retroceso en lo alcanzado. Si fuera esto último, los sufrimientos del pueblo cubano se prolongarían hasta quien sabe cuando y probablemente Trump sumaría otro número en la larga lista de inquilinos de la Casa Blanca que han entrado y salido prometiendo el fin de la Revolución Cuba.