capitolio

Esta semana hemos conocido que después de un proceso de remodelación aún incompleto, en el Capitolio de La Habana se ha instalado la sede de la Asamblea Nacional del Poder Popular de Cuba.

No puedo evitar un suspiro de emoción al recordar, en la distancia, ese maravilloso Palacio y su entorno de palmas reales, el Parque Central con la estatua de José Martí, el fabuloso Gran Teatro de La Habana, el hotel Inglaterra, la Fuente de la India o de La Noble Habana y el Paseo del Prado.

Así, el Capitolio de la capital cubana recupera su función originaria, albergar al cuerpo legislativo, la sede de la soberanía nacional. Muchas generaciones han luchado porque estas instituciones reflejen realmente la voluntad del país y ahora existen las condiciones de que eso ocurra, como nunca antes, dependiendo que los actores políticos actuales sean capaces de hacer los cambios que el nuevo tiempo reclama.

A los nuevos moradores se me ocurre una sugerencia, colocar en la fachada una tarja con la inscripción “Aquí son mal vistos los acuerdos por unanimidad y se respeta y estimula la discrepancia”. Entonces la alegría por la “buena nueva” sería plena.

Muchos consideran que el diseño del Poder Popular en Cuba ha sido un paso importante para el desarrollo de una democracia participativa y popular, pero la experiencia, hasta la fecha, ha revelado sus imperfecciones e insuficiencias. Si como dicen las autoridades cubanas  hay una voluntad de perfeccionarlo todo, sería este un gran legado no solo para el pueblo cubano, sino para muchos movimientos de la desorientada izquierda de nuestro tiempo.

El Capitolio es además, un gran atractivo turístico y emblema de la capital y de todo el país. Fue construido en 1929 y su destino era albergar y ser sede de las dos cámaras del Congreso o cuerpo legislativo de la República. Se inspiró en el Panteón de París, San Pedro de Roma y en el Capitolio de los Estados Unidos. La fachada se adorna con columnas estilo neoclásico y su cúpula alcanza  91,73 metros de altura.

En la entrada principal se encuentra una escalinata de 55 escalones de granito y seis gigantescas columnas dóricas. A ambos lados se muestran dos impresionantes esculturas de bronce.

En su interior se puede apreciar la estatua de La República, situada bajo el domo, obra hecha en bronce, con casi 15 metros de altura y más de 30 toneladas de peso, que en su momento fue la segunda más grande del mundo bajo techo. Destacan también el gran Salón de los Pasos Perdidos, uno de los más grandes y monumentales  espacios existentes en los edificios públicos del país.

También el Capitolio es conocido por albergar bajo su cúpula el punto cero de las carreteras de la Isla, marcado por un diamante (ahora es una réplica) que perteneció al zar de Rusia, Nicolás II.

Con orgullo un poco chovinista se dice popularmente que el capitolio habanero es similar al  de Washington D.C. pero un metro más alto, un metro más ancho, un metro más largo. Esperemos que el proceso de acercamiento entre ambos países continúe en esta senda de  las cosas que ambos tienen en común y no en sus diferencias.